La boca del caballo, de Joyce Cary

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La boca del caballo, de Joyce Cary

Cuando el pintor Jimson salió de la cárcel -por deudas, después de dejar a su segunda mujer con su hijo, Sara Parker, a quien el comerciante de arte Hickson le incautaría las obras que le quedaban para saldar sus deudas- llamó por teléfono público a Hickson con amenazas. La policía lo perseguiría, en las tabernas en las que bebía, se emborrachaba y se seguía endeudando; en las calles de Londres; en la mísera pensión, Elsinore, en la que terminó parando, con su amigo, el predicador de izquierda Plantie, con quien discutía sobre Spinoza, mientras citaba a Shakespeare con otros autores y pintores, sobre todo a William Blake a quien adoraba y con quien pergeñaba pequeñas estafas como la suscripción a la inexistente Sociedad William Blake para preservar sus obras; mientras seguía pintando en su estudio-galpón de botes derruido; mientras conocía a otro embaucador, también pobre de toda pobreza, el profesor Alabaster, que aconsejaba a los ricos sir y lady Beeder sobre arte, le abría las puertas de su mansión, dejada a su cuidado durante un viaje, a Jimson que la desvalijaría mientras iniciaba un mural en sus paredes.

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[Algo más que “excentricidades del genio”; vida de marginal, ¿de Jimson, de los artistas en este mundo?].

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No eran las únicas acusaciones y persecuciones que sufriría.

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“Es usted un artista moderno”.

Esta era la otra acusación, lo que también lo perseguía.

Artista, critica -halagándolos- a Plantie y sus predicadores, que “pertenece a una clase que está hecha a prueba de la influencia doméstica, a menudo continúan creyendo en la verdad, la belleza y la bondad, durante todas sus vidas”. Les critica -criticándolos- que observan su obra preguntándole por su significado que así se “clava nuestro trabajo de imaginación contra la roca de la ley, la roca del por qué y del qué es y lo somete a un análisis lógico”.

Artista -blakeriano- se denosta, y se ensalza. “Soy un genio… Un hijo de Los. Los era el Profeta del Señor”.

Artista, figura del artista, rechaza a los burgueses y ama a los ricos con su indiferencia por lo cotidiano y su posibilidad de amar -comprar (cuenta en cada operación de sus días, de la compra de una jarra de cerveza a la valoración de sus obras, cada chelín, cada penique, cada libre, cada guinea)- obras de arte.

Artista moderno, critica lo establecido, a la Academia por ser algo “excesivamente artístico”: líneas y colores vs. La materia, lo real, la vida.

Lo real, la vida, que sufre, padece, a la que se abraza inevitablemente, con sus miserias, violencias, abandonos, engaños, con esa vida de sobrevivencia que lo humilla, y a la que se abraza.

Y a la que quiere -tal vez sin saberlo- representar.

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En una de sus obras -la que quiere sea su “obra maestra”, no los cuadritos del “período Sara Parker”- El origen, con su Adán y con su Eva, retrata esta vida, vida de Jimson, vida del artista: “El descubrimiento del mundo concreto y cruel, el bien y el mal”.

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[No sólo la marginalidad social, marginalidad de Jimson, y del artista, -que sigue presente en estos días, a pesar de los velos y vapores del oropel y la fama-; también debates -hoy presentes/ausentes, y desplazados y diluídos- que hacen también a la creación].

(Emecé editores. Traducción de Narciso Pousa)

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