
A partir de
Topaz, de León Uris
“Cuando la escarcha de otoño cayó sobre Washington, una calma y una normalidad falsas cubrían una explosiva situación interior. Palomas y halcones entraban y salían del ala Oeste de la Casa Blanca en la ininterrumpida riada de aquellos días sin horas. Demostrada ya fuera de toda duda la presencia de misiles soviéticos en Cuba, la crisis se agudizó. Los halcones y las palomas debatían sus puntos de vista, los consultores, peritos, evaluadores, consejeros y recopiladores de datos consultaban, evaluaban, aconsejaban y comunicaban sus ideas.
El momento de la abrumadora decisión descendió sobre un solo hombre: el presidente”.
¿Caería el mundo en una -definitiva- conflagración atómica mundial?
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Un largo camino se había recorrido hasta llegar a ese punto crítico: la deserción del alto oficial de la KGB Boris Kuznetov entregándose a los agentes de la ININ, el servicio secreto de la recién creado OTAN, al frente los americanos el comisario McKittrick y su equipo encabezado por Michael Nordstrom, y el francés André Deveraux.
Sus revelaciones fueron explosivas: la instalación de misiles soviéticos en Cuba. Y algo más: la existencia de Topaz: la red de espías soviéticos que había infiltrado profundamente el servicio secreto francés, la SDECE.
Había que comprobarlo: lo lograría André Devereaux y su red de espías en Cuba, que inició sus servicios a Francia en los años ’40, cuando ayudaba a sacar judíos franceses amenazadas sus vidas por la ocupación nazi del país, huyendo a España, pasando a África, integrando la Francia Libre del general La Croix, reorganizando la SDECE cuando tras la guerra pasó de general reconocido por la Resistencia incluyendo su poderosa ala del Partido Comunista de Francia, a Presidente de la República. Lo lograría André Devereaux confirmando la existencia de Topaz, a costa de su seguridad personal y de largas amistades forjadas en aquellas décadas de servicio.
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¿Bastan los logros de agentes secretos entregados a su causa; alcanzan a impedirlo las corruptelas y crímenes de agentes secretos? ¿Basta la evidencia?
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La alta política se impondría. El presidente La Croix, resistía la emergencia de Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial como potencia y su reparto del mundo con la Unión Soviética. No aceptaría intervenir -ni siquiera darle crédito- en la crisis de los misiles que resultarían en reforzar el poder americano en la OTAN. Y traía una larga cuenta por pagar: resentía el reconocimiento de Washington a la Francia del general Petain en Vichy y no a su Francia Libre; y el apoyo del poderoso Partido Comunista francés que ayudó a su llegada al poder.
André Deveraux era realista: el antiamericanismo de La Croix, y su alianza por lo bajo con los comunistas, lo hacía juguete de la Unión Soviética.
La mezquindad personal se impondría. El presidente La Croix no podría aceptar ensuciar su legado ante la Historia y reconocer la existencia de Topaz, la profunda infiltración soviética en la SDECE y todos los niveles del gobierno francés.
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André Deveraux vivía en peligro. Cuando su misión en Cuba para activar su red de espías, lo afrontaba orgullosamente: “… uno no gimotea por la crueldad de la vida. Se gana… se pierde. Y el juego continúa. Arriba, el ángel de la muerte sigue describiendo sus círculos”.
Pero no se entrega. Cuando revela la red Topaz y a su jefe “Columbine”, se resguarda: para evitar la muerte por venganza, envía sobre con toda la información a periodistas, al propio presidente. A Alguien más: “Un escritor, Un novelista. Americano, nada menos. Tiene un público internacional extremadamente fiel, a pesar de que algunos críticos se quejan de su sintaxis. Personalmente hubiera preferido a otro con más sabor literario, como Hemingway, o Faulkner, pero no importa … Actualmente está trabajando ya en el relato… todo entero. Hasta le hemos puesto un título: Topaz”.
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Aquella terrible decisión, que había recaído en ese solo hombre, el presidente. “La necesidad de tomar una decisión así, ¿no significaba, para un solo mortal, tener que pronunciar una sentencia demasiado importante? ¿No le correspondía solamente a Dios el determinar si el género humano había de seguir existiendo, o desaparecer?”.
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Preguntas fundamentales. Éticas. Morales. Que pareciera que, salvo excepciones, el mundo hoy ya no se hace, ya no se atreve a hacerse.