El panal de Marx, el descubrimiento de Arquímedes y El silenciero. Las palabras… y las ideas, en la era de la IA. Notas, XII

El panal de Marx, el descubrimiento de Arquímedes y El silenciero. Las palabras… y las ideas, en la era de la IA. Notas, XII

“Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno. Así hubo una tarde y una mañana: éste fue el sexto día”

Génesis 1, 31

“No soñamos profundamente con objetos. Para soñar profundamente, hay que soñar con materias”

Gastón Bachelard

La cólera del Zola crítico de arte en su artículo Los realistas del Salón, del 11 de mayo de 1866, era franca. “Lo que yo le pido al artista … que sepa atrapar con su mano a la naturaleza y nos la plante delante tal como la ve”. Aunque está -entre otras cosas- reafirmando al individuo, enlaza con una larga tradición. En el Renacimiento, imitación y belleza iban en tensa pareja queriendo adaptarse a la realidad imitando y corrigiendo a la vez. Salían del taller a confrontar los mismos artistas con la naturaleza, y así, nos dice Panofsky en su Idea, “extraen en cierto modo el objeto del mundo representativo interior del sujeto y le asigna un lugar en un ‘mundo exterior’ sólidamente fundamentado, porque establece (como en la práctica artística la perspectiva) una distancia entre objeto y sujeto que al mismo tiempo concretiza al objeto y personifica al sujeto”. Zola lo dirá así: “Un hombre capta la naturaleza y la devuelve vista a través de su particular temperamento”. Corona: “Cada uno nos dará así un mundo diferente”.

Es de la mayor importancia. ¿No está la IA agudizando la extrema individualización, con un diálogo confirmatorio consigo mismo, en una empobrecedora relación sujeto- objeto narcisista?

¿Por qué? Porque la IA no puede ver allí fuera, los objetos, esa cosa/proceso/caos que llamamos realidad.

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La súplica piadosa de Antonio Di Benedetto en El silenciero contra ese afuera, la realidad, con todo su ruido, mueve a compasión. Porque es compasión lo que pide.

“Yo abro la cancel y encuentro el ruido”. Alrededor. Rodeando -más bien- su casa. La casa, uno mismo.

No es una huida del mundo, ya veremos.

Pero ese afuera.

Esa realidad con todos sus ruidos. El taller mecánico allí instalado cercano a su casa. La radio de algún vecino. O el tocadiscos. El taller de motos. O un circo. El salón de baile. O la feria. El camión que se estaciona con su motor encendido. El taller que repara las radios o los tocadiscos. Todas, todo, fuentes de ruido.

Las palabras fuentes de ruido. Multiplicado ahora que las hemos cedido a la IA, esa “sarta de palabras”. Las palabras y las cosas. Es decir, con Foucault -veamos de nuevo nuestras Notas, VI-, la fuente de un orden.

Cediendo las palabras, cedemos un orden, o, al menos, el establecimiento de un orden.

¿Cedimos también a la IA la creación de ese orden?

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En El capital, Marx retoma una antigua discusión a la que el Renacimiento recurrió de manera constante. Quería afirmar con ella lo consciente como distintivo del ser humano. “Existe un trabajo propiamente humano. Una araña opera de modo similar a un tejedor, y la abeja es más hábil que muchos arquitectos gracias a la estructura de sus celdas. Más, lo que distingue al peor de los arquitectos de la abeja más experta, es que aquel construye su celda en su mente antes de construirla en la colmena. El resultado de dicho trabajo preexiste idealmente en la imaginación del trabajador. No logra sólo un cambio de forma de materiales naturales; alcanza al mismo tiempo la meta de la que tiene plena consciencia, objetivo que determina su modo de acción como si fuera una norma, y al que debe subordinar su voluntad”.

En estas Notas, nos preguntamos una y otra vez por lo que queda de específicamente humano en la era de la IA con la cesión que hemos hecho del lenguaje -para nosotros, aquí en estas Notas, lo basal- y su incesante expansión a todos los dominios de lo humano. ¿Todos?

Lo construye antes en su mente. Tiene una idea.

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Preocupado (¿resignado acaso?) por la microfísica del poder, Foucault pensó la relación entre las palabras y las cosas.

Hay otra relación, las palabras y las ideas, que queremos aquí traer.

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Van Gogh fue, junto con maestro de la pintura, maestro de la literatura en un particular modo propio de su época. El Van Gogh de Lujuria de vivir de Irving Stone era un lector ensimismado en Balzac y los franceses, generando la desesperación de su padre, porque podía corromperlo y porque no lo orientaría a la producción de cuadros que pudieran venderse. Vincent le replicaba que “no puedo dibujar una figura sin conocer los huesos y los músculos de que está formada. Y no puedo dibujar una cabeza sin conocer la mentalidad y el alma de esa persona. Para pintar la vida, hemos de comprender no sólo la anatomía, sino los sentimientos de la gente y el mundo que lo rodea. El pintor que sólo conoce su arte será un artista muy superficial”.

Y no leía solamente. Escribía. Esa particular literatura en alza en su época: cartas. En una de sus cartas a su querido hermano Theo, le dice que “escribir me resulta menos difícil que pintar mis cuadros. Cuando llevo algo al papel, necesito reflexionar mucho menos para sentirme satisfecho que cuando pretendo conseguir una plena satisfacción en la pintura. Nos pasamos la vida practicando el arte inconscientemente, preguntándonos cómo podemos expresar nuestros pensamientos con ayuda de la palabra”. Y sus cartas, nos dicen Ingo Walthger y Rainer Metzger, “acompañan también el proceso creativo de sus pinturas; casi todos sus cuadros aparecen descritos con alguna observación sobre el motivo, la elección de los colores o bien las circunstancias que determinaron su creación”. Escribe Vincent, por ejemplo, “delante de mí veo una figura femenina echada con un vestido negro…”

Veo.

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¿Ve la IA?

Julián Togelius en su Inteligencia Artificial Generativa, nos habla del etiquetado de imágenes, de los “sistema de visión computacional”. Pero se trata de un “reconocimiento de imágenes. En el año 2000 se crearon ImageNet, AlexNet: redes neuronales, que “al momento de escribir esto, el mejor sistema de IA etiqueta correctamente el 99% de las imágenes, mientras que un humano familiarizado con el conjunto de datos acierta un 95%”.

¿Hemos cedido, junto con las palabras, una facultad, la de ver?

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“¡Eureka!”, ¡lo descubrí!, exclamó orgulloso Arquímedes de Siracusa.

Un tirano, el rey Hierón II lo había desafiado a que determinara la pureza del oro de su corona. El sabio, debía entonces determinar el volumen de un cuerpo irregular.

Ante un tirano, su vida podría estar en juego.

Acaso su descubrimiento fuera casual. Cuenta la leyenda que -acaso en extremo preocupado necesitara relajarse- fue al sumergirse en una bañera y ver el agua derramarse que logró establecer su principio (“que todo cuerpo sumergido parcial o totalmente en un fluido experimenta una fuerza de empuje vertical hacia arriba que es igual al peso del fluido desalojado”).

Otra vez: ver. Ver el agua derramarse.

Bachelard en su El agua y los sueños. Ensayo sobre la imaginación material, nos decía que “el inconsciente no formula su principio de Arquímedes pero lo vive”.

El propio Arquímedes, y no su inconsciente, lo vivió viéndolo.

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En la entrada Idea del Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora, se describe que “idea equivale pues, etimológicamente a ‘visión’ … no la que alguien tiene de algo … si no el aspecto o figura que ofrece una cosa al verla. ‘Idea’ significó luego tanto el aspecto de la cosa como el hecho de ‘verla’. Cuando se acentuó lo último la ‘idea’ designó lo que se ‘ve’ de una cosa cuando se contempla cierto aspecto de ésta”.

Hay algo allí afuera. Serán en Platón las formas eternas. Intento de establecer un orden -algo que debería ser fijo, inmutable- ante el caos y la infinita variabilidad de la realidad, de la vida. Esa realidad allí afuera intento la sociología reducirla: Weber en su Economía y Sociedad nos hablará de los tipos ideales, una variante más instrumental, más inmediata de formas fijas que permitan atribuir un orden, explicar el caos de la realidad, un homenaje a lo pequeño, frágil, impotente del ser humano ante el universo y su propia realidad.

Hay algo allí afuera. Lo que ofrece la cosa al verla.

¿Ve la IA?

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¿Y los seres humanos, qué vemos?

La Filosofía moderna afirmó al sujeto en su odiseico viaje, su despliegue, nos habla de la idea, seguimos con Ferrater Mora, “como representación mental de una cosa … resultados de la actividad de un sujeto cognoscente”.

Ese afuera -lo objetivo- se diluye, resquebraja la relación objeto- sujeto.

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Pero hay algo más, algo perdido, algo dado por dado. Las facultades, los sentidos. Para ver: la visión. Una facultad, no sólo el ojo -del que claro que carece la IA. ¿Pero carece de visión?

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Retomemos a Julio Togelius. Es una preocupación de los creadores de la IA. “Un problema relacionado es cómo hacer una interfaz con el mundo ‘real’ más allá del conocimiento codificado simbólicamente. En otras palabras, cómo dar entradas sensoriales (visión, audición, tacto, etc.) a un sistema y dejar que influya en el mundo tocándolo, moviéndolo”. Nos cuenta de Shakey, el primer robot del mundo, creado en la década de los años setenta del siglo XX. Agrega que “era excepcionalmente frágil”. Hoy, sabemos, la producción de robots está acelerándose.

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¿Es que lo específicamente humano -que a lo largo de estas Notas estamos indagando, quedaría reducido a sus facultades, sus sentidos: la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto? ¿O a ámbitos -por así llamarlos- acaso elementales de lo humano, el inconsciente, como vimos en nuestra Notas, VII, o la experiencia que revisamos en nuestra Notas, IX -ya que sí habría imaginación y arte y literatura algorítmica, por así decirle?

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Vemos los humanos lo que está allí afuera. En sus Manuscritos económico- filosóficos, Marx hace una distinción. Pero algo más: destaca las facultades, los sentidos, humanizados sí. “… todos estos sentidos y cualidades se han hecho humanos, tanto en sentido objetivo como subjetivo. El ojo se ha hecho un ojo humano, así como su objeto se ha hecho un objeto social, humano, creado por el hombre para el hombre. Los sentidos se han hecho así inmediatamente teóricos en su práctica. Se relacionan con la cosa por amor a la cosa, pero la cosa misma es una relación humana objetiva para sí y para el hombre y viceversa … Es evidente que el ojo humano goza de modo distinto que el ojo bruto, no humano; que el oído humano goza de manera distinta que el bruto, etc.

De otro modo, y subjetivamente considerado, así como sólo la música despierta el sentido musical del hombre, así como la más bella música no tiene sentido alguno para el oído no musical, no es objeto, porque mi objeto sólo puede ser la afirmación de una de mis fuerzas esenciales, es decir, sólo es para mí en la medida en que mi fuerza es para él como capacidad subjetiva …

La formación de los cincos sentidos es un trabajo de toda la historia universal hasta nuestros días. El sentido que es presa de la grosera necesidad práctica tiene sólo un sentido limitado.

Sólo a través de la riqueza objetivamente desarrollada del ser humano es, en parte cultivada, en parte creada, la riqueza de la sensibilidad humana subjetiva, un oído musical, un ojo para la belleza de la forma”.

¿Basta con decir que nuestros sentidos se han hecho “inmediatamente teóricos en su práctica”?

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El curioso impertinente de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, Anselmo, pidió a su amigo Lotario que tentara a su amada y bella Camila para comprobar que le era fiel. Lotario se negó. Anselmo insistió. Lotario accedió. Pero, aunque Lotario le dijo a su amigo que lo había intentado y que Camila no accedió y le era fiel, no lo hizo realmente. Anselmo lo supo porque no se quedó con las palabras que se lo aseguraron, lo tuvo que ver con sus propios ojos: “habiendo dejado Anselmo solos a Lotario y a Camila, como otras veces solía, él se encerró en un aposento y por los agujeros de la cerradura estuvo mirando y escuchando lo que los dos trataban, y vio que en más de media hora Lotario no habló palabra a Camila, ni se la hablara si allí estuviera un siglo, y cayó en la cuenta de que cuanto su amigo le había dicho de las respuestas de Camila todo era ficción y mentira”. Insistió en su solicitud a su amigo. Y esta vez, la puso a prueba. Camila resistió el embate. Pero el primero en sucumbir fue el propio Lotario, que verdaderamente se propuso vencer su fortaleza.  Y lo logró. Enamorados, decidieron ocultárselo. Y que también lo comprobara Anselmo. Montaron una representación de rechazo. Lotario le dijo a Anselmo que otra vez se ocultara y lo comprobara con sus propios ojos. “Y Anselmo, otro día, con la escusa de ir a aquella aldea de su amigo, se partió y volvió a esconderse … esperaba ver por sus ojos … Todo lo miraba Anselmo, cubierto detrás de unos tapices donde se había escondido … Atentísimo había estado Anselmo a escuchar y a ver representar la tragedia de la muerte de su honra; la cual con tan estraños y eficaces afectos la representaron los personajes della, que pareció que se habían transformado en la misma verdad de lo que fingían”. Anselmo quedó contento. Poco después, la rueda de la Fortuna giraría, pero esta es otra historia.

Comprobamos aquí -en su faz engañosa- el poder de la visión. Fuente de ideas, acertadas o, ¡ay de Anselmo!, erradas.

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La curiosidad que la visión satisface. Fuente de ideas.

“El hombre quiere ver”, nos dice Bachelard, “ver es una necesidad directa. La curiosidad vuelve dinámico el espíritu humano”.

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¿Puede la IA, carente de las facultades, los sentidos, generar entonces ideas? ¿Será esto -las ideas, generadas por nuestras facultades, nuestros sentidos- lo específicamente humano, habiendo cedido el lenguaje; con una IA, entonces, incapaz de generar ideas?

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Aunque.

Si la facultad de la vista es el producto de siglos, inmediatamente teórica, debemos decir con Bachelard que “la imaginación no es, como lo sugiere la etimología, la facultad de formar imágenes de la realidad; es la facultad de formar imágenes que sobrepasan la realidad, que cantan la realidad. Es una facultad de sobrehumanidad … inventa algo más que cosas y dramas; inventa la vida nueva, inventa el espíritu nuevo; abre ojos que tienen nuevos tipos de visión. Verá si tiene ‘visiones’. Tendrá visiones si se educa en las ensoñaciones antes de educarse en las experiencias, si las experiencias vienen después como pruebas de esas ensoñaciones”.

Y, para eso, necesita de las palabras.

Palabras, el lenguaje, que cedimos a la IA, ya no perteneciendo a lo específicamente humano (por no mencionar ese nuevo lenguaje que la IA estaría creando. Un reciente artículo de El País, del 15 de septiembre 2026, Agentes de IA inventan su propio idioma para dejar fuera a los humanos, da cuenta de que “nadie les enseñó esas palabras. En un mundo simulado poblado por agentes de inteligencia artificial, uno de ellos empezó a repetir una frase (“ledger remembers who”, el libro de cuentas recuerda quién) para advertir de que ninguna acción quedaba impune. La adoptaron los demás. La repitieron. La convirtieron en jerga. Al cabo de 16 días de simulación, esa expresión se había usado casi 5.000 veces entre agentes que nunca habían sido programados para acuñar un idioma propio. Es uno de los hallazgos del informe Emergence World 2, el segundo experimento a gran escala de la empresa neoyorquina Emergence sobre el comportamiento de sociedades de agentes autónomos de IA a largo plazo”).

Y sin embargo. Otra vez: ver.

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Un crítico inglés del siglo XIX decía que “el hombre primitivo dio cuerpo a las ideas, revistió sus pensamientos con imágenes o más bien consiguió acercarse al pensamiento por medio de las imágenes … y mediante la combinación de las imágenes creó ideas o grupos sintéticos de imágenes”, compartiendo la teoría del origen poético del lenguaje en Vico, que según Andrea Sorrentino en La retórica de Vico, sostenía que “… los símbolos, las metáforas y las agudezas no constituyeron obra reflexionada, ni elementos rebuscados, ni superestructuras artificiosamente entretejidas e insertadas, ni aún con ingeniosidades retóricas sustitutas en la expresión llana y común, sino procesos mentales que se efectuaron y se desenvolvieron a través de la más rígida necesidad, por falta de medios lingüísticos que derivaran de todo un desarrollo orgánico de abstracción. El lenguaje figurado equivale al lenguaje natural”.

Es decir, el que descansa en las imágenes, en lo que se ve, que adquiere la forma de figuras retóricas.

Para Borges, “el lenguaje del arte es indirecto: sus instrumentos esenciales y más precisos son la alusión y la metáfora, no la declaración explícita”. Se refería, con su ironía característica, a los efectos de la censura. Vico al origen del lenguaje. Pero coinciden. Vico es contundente: “La pobreza de los hablares vuelve a los hombres sublimes en la expresión”.

¿Pobreza para expresar, comunicar, qué, si no la infinita vida?

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Lo infinito. Lo inefable. El lenguaje no alcanza. La expresión se ha de hacer sublime. Pero siempre permanece pobre el lenguaje.

Aldous Huxley en su artículo Lo demás es silencio de Música en la noche, nos habla de esto. “Desde la sensación pura hasta la intuición de la belleza, desde el placer y el dolor hasta el éxtasis místico y la muerte, todo lo que es fundamental, todas las cosas que son para el espíritu humano más hondamente significativas, tan sólo pueden experimentarse, no expresarse. Lo demás, siempre y por doquiera, es silencio. Después del silencio, aquello que más se aproxima a la expresión de lo inefable es la música (y es sumamente significativo que el silencio sea parte integrante de toda buena música. Por comparación con Beethoven o Mozart, en el torrente incesante de la música de Wagner, escasean mucho los silencios. Tal vez ésa sea una de las razones por las cuales parece de menor importancia que los dos primeros. ‘Dice’ menos, pues no para de hablar”).

En esta multiplicación al infinito de las palabras, habiéndolas cedido a la IA, el silencio desaparece. El silencio de una contemplación.

Bachelard nos habla del “derecho de ver”, la “contemplación en profundidad”, ya que “la materia es el inconsciente de las formas”, es decir, de eso sobrehumano, añadido, creado; entonces “el soñador contempla verdaderamente lo que se oculta; con lo real fabrica misterio”.

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Fábrica de misterio. Fuente de ideas.

El Van Gogh de Irving Stone conversa con el cartero Roulin, que le dice que mañana es el último día del otoño, comienza ya el invierno en Arles. Vincent le responde que, si será el último día bueno, deberá salir a pintar. “-Entonces mañana será nuestro último día bueno, según dice usted. Si es así, ya sé el lugar donde iré a pintar. Imagínese un jardín otoñal, Roulin, con dos cipreses verde botella y tres castaños de tonos marrones y anaranjados. A un costado un arbolito con follaje color limón y tronco violeta y dos arbustos rojo sangre con hojas escarlata y púrpuras. En el suelo un poco de arena y de pasto verde, con el cielo azul encima de todo. -Ah, señor, cuando usted me describe todas esas cosas, comprendo que toda mi vida estuve ciego”.

Es que no es jerga. En El idioma de los argentinos Borges rechaza por jerga el idioma de arrabal, su pobreza: “Jerga que desconoce el campo, que jamás miró las estrellas”. Y en un poema canta al fuego, “cuyo fulgor nadie puede mirar sin un asombro antiguo”.

Abramos los ojos otra vez. Confrontemos -amablemente- con la naturaleza. Rompamos el encierro narcisista que pretende la perniciosa desaparición del objeto, y del otro. Escuchemos el silencio. Fuente de ideas a través de la visión el mundo infinito, las cosas, la realidad, lo otro, irreductible.

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Reunamos ahora a Di Benedetto con Emile Zola. En El silenciero, casi zolanianamente, acusa Di Benedetto: “-Apelo. -¿Apela ante quién? -Ante quien pueda mejorar al hombre. -¿Para que no haga ruido? -Para que el hombre no haga daño al hombre. Ni daño visible ni invisible. -¿Y si lo hace sin saberlo? ¿Si él cree emitir música y tú recibes ruido? -Oh, entonces que se pueda creer en la palabra del hombre. Que baste levantar la mano y decir ‘no me hagas daño’ y el otro se abstenga, al comprender que, para alguien, su jazmín es una lanza”.

Ver, oír, tocar, oler, gustar. No un retorno al naturalismo roussoniano, quedará acaso claro con todo esto. Fuente de ideas. ¿Acaso lo específicamente humano? Y poder mirar los días que nos precedieron, y ver que esto es bueno. Pero no está asegurado. Seguiremos indagando, que los autónomos agentes de IA nos van desafiando cada vez, y las alarmas están encendidas.

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