Armageddon, de León Uris

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Armageddon, de León Uris

“¿En qué parará todo cuando se haya disparado el último tiro?”

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Ya se avizoraba la victoria aliada en enero de 1944. Y en un edificio de Londres funcionaba la “Misión especial. Gobierno Militar. Ejército de Estados Unidos”. El general Hansen al mando. El comandante O’Sullivan, hijo de un obrero irlandés emigrado, era su mano derecha, y parte de un equipo de profesionales, él mismo profesor universitario de Ciencias Políticas, que tendrían por misión reconstruir una Alemania casi totalmente destruida, desde cero. Harían un ensayo previo en una ciudad, Rombaden. Casi nada quedaba en pie allí, excepto su propio campo de concentración, Schwabenwald. Después seguiría Berlín. Y a la guerra, otra guerra. Una guerra de voluntades. ¿Quién dominaría Berlín, y Alemania, y toda Europa? ¿La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, o los países occidentales, Estados Unidos como jefe de Inglaterra y Francia?

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¿Cabe la moral en medio de la inmoralidad de los horrores del nazismo, de los horrores de la guerra?

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Mil sobrevivieron entre cien mil de Schwabenwald.

“¿Cómo había podido la raza humana llegar a semejante degradación?” ¿Quién es el culpable de un horror colectivo?

Entre los sobrevivientes, el viejo líder socialdemócrata Ulrich Falkenstein. Todos lo daban por muerto Resistió, sin nunca dejarse vencer por los nazis.

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Los Falkenstein. Ulrich, detenido en un campo de concentración, líder socialdemócrata, Wolfgang su hermano ahorcado por conspirar contra Hitler, Bruno su otro hermano, funcionario de cierta importancia del nazismo, responsable de crímenes contra la humanidad, Herta su mujer, Gerd su hijo soldado hitleriano en el ejército alemán, Hildegard su hija menor, Ernestine su hija mayor, novia de un Waffen SS. ¿Todos son culpables? Ernestine era dolorosamente consciente: “Es cierto que mi prometido tomó parte en la carnicería de Babi Yar, y Dios sabe en qué otras cosas. Me doy cuenta perfectamente de los delitos que nosotros los alemanes hemos cometido contra la especie humana. No estoy en situación de expiar mi culpa y mi vergüenza, ni usted es quién para concederme el perdón”, le dijo al comandante O’Sullivan.

¿Es que no hay salida?

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Ulrich fue invitado por el Gobierno Militar de Rombaden a cargo de O’Sullivan a integrarlo. Aceptó. Consciente de un camino de salida. “Mi deber no es colaborar en la victoria aliada, sino en la redención del pueblo alemán”.

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La redención.

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Sabía Ulrich que para alcanzarla, “todos los alemanes tienen que enfrentarse con el pasado antes de poder mirar al futuro cara a cara. De otro modo no puede haber redención”.

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Pero, ¿se trataría esto de una tarea individual?

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Logrado sentar los cimientos de la reconstrucción en Rombaden, tras la victoria, debían replicarlo en Berlín. En otras condiciones. Las cuatro naciones victoriosas, La Unión Soviética, Estados Unidos, Francia e Inglaterra se dividieron Berlín. Y comenzó la otra guerra. Una guerra de voluntades. La Unión Soviética bloqueó Berlín. Estados Unidos lo sorteó con una hazaña histórica para entonces: crear un corredor aéreo y abastecer a los berlineses de todo lo que se veían privados por el bloqueo, empezando por la alimentación y la calefacción, carbón, cuando miles morían de hambre y de frío. Una hazaña técnica. Debajo, haciéndola posible, la voluntad de dominio en un tiempo que redistribuía el poder mundial.

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Voluntad de dominio que necesitaba, sosteniendo a las armas, la política.

El comandante Hazzard, al frente de la cuatripartita Kommandatura de Berlín, decidió anunciar por radio que los Estados Unidos permanecerían en Berlín -aunque el Senador republicano del Comité de Asuntos Exteriores y del Comité de las Fuerzas Armadas del Senado había expresado lo contrario: esto habría dejado desamparados a los berlineses. Antes, el general Hansen debió confrontarse con todos los poderes del Pentágono y de Washington: “los generales americanos no habían tenido que preocuparse nunca por combinar una victoria militar con una victoria política. Sus cerebros sólo sabían idear y planear la destrucción del enemigo. ¡Dios mío -exclamaba interiormente- dame fuerzas para luchar contra nuestra propia gente lo mismo que contra los alemanes!”.

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Y, también, debajo de la hazaña técnica, la determinación moral.

Cuando la Comandancia General emitió la Orden n° 22 para que en Rombaden se constituyeran tribunales militares ejecutivos que llevaran a la horca a los criminales de guerra, O’Sullivan se opuso y renunció a su alto cargo de Gobernador Militar. “Yo no voy a cometer un asesinato en nombre de mi país sólo porque órdenes son órdenes. Creí en usted [le dijo al general Hansen] cuando me decía ‘nosotros no somos nazis´”. Fue revertida con la Orden n° 26. Después, dio de baja a su amigo Dante Arosa que manipuló las declaraciones de los nobles feudales nazis de Rombaden, los Von Romstein para salvarles de las acusaciones de crímenes de guerra. Y también, impidió la campaña mediática de acusaciones falsas contra la esposa del carnicero de Schwabenwald, Emma Stolz. El general Hansen meditaba con admiración: “Se necesita reaños para castigar a un amigo … y todavía más para defender a un enemigo”.

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En tiempos de la más brutal disciplina, tiempos de guerra y de ejercicio del poder que emerge de la guerra, el valor de la desobediencia parece una paradoja. Puede que esté en la base de aquella determinación moral. No replicar lo inmoral, no dejar de preguntarse por los culpables, no dejar de cuestionarse por la moralidad de los actos, no porque órdenes sean órdenes. De aquí renace una y otra vez la épica, la literaria, la de la vida, con sus héroes cotidianos.

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