Píldoras de la crítica. Gorki, vivir en la narración. Stefan Zweig

Píldoras de la crítica. Gorki, vivir en la narración. Stefan Zweig

(Apenas un breve extracto para pensar, sin hacer crítica de la crítica, ni hacerse parte de entreveros, ni tener que recorrer estos caminos)

“En el momento de partir de Moscú mis maletas estaban bastante vacías. Había repartido todo aquello de lo que me podía desprender y tan sólo me llevaba dos iconos, que más tarde han adornado mi habitación durante largo tiempo. Pero lo más valioso que me llevaba era la amistad de Maxim Gorki, a quien había conocido en Moscú por vez primera personalmente. Uno o dos años más tarde lo volví a ver en Sorrento, adonde se había tenido que desplazar a causa de su salud quebrada, y allí, como huésped suyo, pasé en su casa tres días inolvidables.

A decir verdad, aquel encuentro nuestro fue de lo más singular. Gorki no dominaba ningún idioma extranjero y yo, a mi vez, no sabía ruso. De acuerdo con todas las leyes de la lógica, habríamos tenido que permanecer sentados el uno delante del otro sin decir palabra o bien mantener una conversación a través de un intérprete, labor que habría desempeñado nuestra admirada amiga, la baronesa María Budberg. Pero no por casualidad era Gorki uno de los narradores más geniales de la literatura universal; para él, narrar no sólo era una forma de expresión artística sino una emanación funcional de todo su ser. Narrando vivía en su narración, se transformaba en aquello que narraba, y yo lo comprendía sin entender la lengua, lo comprendía de antemano gracias a la plasticidad de su rostro. Mirándolo bien, su aspecto era —y no se puede decir de otra manera— sólo «ruso». No había nada en sus rasgos que llamase la atención; a aquel hombre alto y esbelto, con pelo color de paja y pómulos anchos, se lo podría tomar por un campesino, un cochero, un zapatero remendón o un bohemio de descuidado aspecto. No era sino «pueblo», la forma primitiva y concentrada del hombre ruso. En la calle pasaríais distraídamente a su lado y no notaríais en él nada especial. Sólo cuando se sentara delante de vosotros y se pusiera a narrar, descubríais quién era. Porque entonces involuntariamente se convertía en la persona a la que retrataba. Recuerdo una ocasión en que —y lo comprendí todo antes de que me lo tradujesen— describía a un hombre viejo, encorvado y cansado al que había encontrado una vez, durante uno de sus paseos. Sin que él se lo propusiera, se le hundió la cabeza, se le encogieron los hombros y sus ojos, brillantes y de un azul cristalino cuando había empezado, se volvieron oscuros y fatigados, y la voz, entrecortada. Sin saberlo, se había transformado en el viejo jorobado. Y cuando contaba algo alegre, no tardaba en estallar en una franca carcajada; se recostaba relajado y una luz tenue se posaba en su frente; era un placer indescriptible escucharlo mientras, con gestos circulares —diríase plásticos—, reunía en torno a su persona a hombres y paisajes. En él todo era sencillo y natural: su manera de andar, de sentarse, de escuchar, su desbordante alegría. Una tarde se disfrazó de boyardo, se ciñó una espada y su aspecto en seguida adquirió aires de nobleza; con las cejas fruncidas en un gesto imperioso, se puso a andar enérgicamente de un lado a otro de la estancia, como si estuviera ideando un terrible ucase, y al cabo de unos instantes, en cuanto se había quitado el disfraz, se echó a reír infantilmente, como un niño aldeano. Su vitalidad era prodigiosa; vivía, de hecho, con un pulmón destrozado, contra todas las leyes de la medicina, pero una voluntad de vivir realmente fantástica, unida a su férreo sentido del deber, lo mantenía en pie. Cada mañana escribía, con su letra clara y caligráfica, nuevas páginas de su gran novela; contestaba a centenares de preguntas que, desde su patria, le dirigían escritores y obreros jóvenes; estar a su lado significaba para mí sentir, vivir Rusia, no la bolchevique, no la de antes ni la de hoy, sino la vasta, poderosa y oscura alma del pueblo eterno. En aquellos años, su decisión interior aún no estaba tomada. Como viejo revolucionario, había deseado la revolución y había sido amigo personal de Lenin, pero aún en aquellos días vacilaba ante la idea de entregarse por completo al Partido, dudaba entre «hacerse pope o papa», como decía, y, sin embargo, tenía remordimientos de conciencia por no estar con los suyos en aquellos años en que cada semana era decisiva”.

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