
Su padre le contaba de niño la historia de Itzik el buhonero, allá en la parte de Polonia que pertenecía a Austria. Brevemente: al despótico barón lo atacan sus campesinos, matan a sus capataces que los mataban a ellos a latigazos, saquean su casa, roban su dinero. Nada hace. Va donde el poblado judío, le dice al buhonero que vaya donde la aldea de campesinos y venda todas sus ollas y enseres. No quiere, imperativamente insiste, ¿qué podía hacer?, era el dueño de todo. Va y lo hace. Lleva el dinero a su casa. Por la noche, un pogrom: encuentran allí el dinero robado al barón. Pasan a cuchillo a sus hijos, violan a su mujer, lo golpean impiadosamente a él.
El hijo pregunta al padre. “¿Qué significa?”. Y el padre: “¿Qué significa? Nada … Sólo lo que hizo … no podía hacer otra cosa, porque no podía hacer nada. Eso es lo que significa”.
Hacía diecisiete años que el padre murió. Con el auge del Frente Cristiano en Estados Unidos y “la organización” que crecía en todo el país preparándose para limpiarlo de judío [y negros, y extranjeros, y diferentes] la recuerda.
“Y vió, como los había visto muchas veces en su vida, cuán equivocado había estado su padre y tantos otros padres. ¡Itzik el buhonero!… Su historia tenía un significado … que Itzik no debía haber aceptado nunca un papel que no le correspondía, el papel que el barón había creado para él … Lo inevitable era el pogrom, no su final”.
[Judíos, negros, extranjeros, diferentes; árabes, palestinos. Jóvenes hoy, juventudes, que parecen sólo poder resignarse a un destino de condena, y a nuevos pogroms, reglamentados por ahora. Mutatis mutandis].