ARTE Y LITERATURA. Barcos de pesca saliendo del puerto de Le Havre, Monet. Emile Zola

“Un velero de tres palos, remolcado por un vapor, llena el lienzo. El casco, negro, monstruoso, se alza sobre el agua verdosa; el mar se hincha y abarquilla en primer plano, estremecidos aún por el golpe de la enorme mole que acaba de rasgarlo.

En ese cuadro me ha hecho impresión la franqueza de la pincelada, ruda incluso. El agua es áspera, crudo se extiende el horizonte: se siente que es mar abierto, que una ráfaga de viento podría volver negro el cielo y lívidas las olas. Encaramos el océano; ante nosotros, un navío calafateado; oímos la voz sorda y jadeante del vapor llenando el aire de su humareda nauseabunda. Yo he visto esos tonos crudos, he respirado esos olores salobres.

Es tan fácil, tan tentador, hacer bonitos coloridos con agua, solo y cielo, que se debe agradecer al pintor que haya consentido de privarse de un éxito seguro pintando las olas como las ha visto, glaucas y sucias, y poniéndoles encima un gran casco de navío, oscuro, sólido, como sale de las dársenas del puerto …

Es uno de los pocos pintores que sabe pintar el agua sin añadirle una transparencia banal ni un reflejo mentiroso. Su agua es viva, profunda y, sobre todo, verdadera. Chapotea en torno a los barcos en pequeñas olas verdosas entrecortadas por luces blancas; se extiende en mares glaucos estremecidos de repente por una ráfaga de viento, alarga los mástiles que refleja quebrando su imagen, tiene tintes pálidos y mortecinos que se ilumina con agudas claridades. No es el agua ficticia, cristalina y pura, de los pintores de marinas de cámara, es el agua durmiente de los puertos que se extiende en placas aceitosas, es el gran agua pálida del enorme océano que se extiende sacudiendo su espuma sucia”.

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