El ciudadano Tom Paine, de Howard Fast

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El ciudadano Tom Paine, de Howard Fast

“¿Cuánto vale la vida de un hombre?”

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El doctor Kearsley lo preguntó, retóricamente en parte, al decidir salvarle la vida a Thomas Paine, llegado enfermo a Filadelfia después de la larga travesía en barco desde Inglaterra con una carta de Benjamin Franklin para ayudarle a encontrar trabajo. El gran Franklin lo recibió a pesar de haber sido un niño, un adolescente y un joven pobre, un corsetero, barrendero, ayudante de zapatero remendón, mendigo, golpeado casi hasta la muerte por los hijos del poderoso dueño de las tierras del condado donde vivía, parte de una banda de niños ladrones en el Londres depravado de los ríos de gin, hundido en el hambre, la miseria, las fiestas de los ajusticiamientos públicos, de ropas harapientas, sucio, maloliente. Estaba “hecho de dolor, espanto e infortunio”. Se la dio porque le dijo que, también, era escritor, y que escribía “lo que no puede decir un hombre porque le falta coraje”. Se la dio porque le dijo que no quería esa vida en Inglaterra, en la que “el hijo debía ser lo que había sido el padre”, corsetero su padre también. Se la dio, aunque le recomendó: “¿por qué no dejar rodar el mundo, señor Paine, en vez de intentar sostenerlo sobre sus hombros?”, y también: “no presuma de que el mundo lo ha golpeado más que a cualquier otro”.

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Cargaría el mundo sobre sus hombros. No presumiría de sus sufrimientos. Se uniría a quienes sufrían. Con ellos se haría uno. Y les daría un destino, atreviéndose a decir lo que nadie más se atrevía.

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¿Cómo salió de todo aquello?

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Tuvo la audacia de buscar otro destino. No seguir el destino de su padre, a lo que lo empujaba la Inglaterra de su tiempo, irse a Estados Unidos. Y de buscar a Benjamin Franklin.

Y algo más.

Encontró una mano amiga, la de Benjamin Franklin, que le ayudó para llegar allá con su carta.

Y algo más.

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No sólo él, la mayoría de las personas estaban hechas de “dolor, espanto e infortunio”.

Y esa hechura pugnaba por romperse.

Y era 1775. Y estaba en las colonias inglesas del norte de América.

Y se haría uno con todos los sufrientes, y uno con su época.

¿Y cómo lo hizo?

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“Aquel enero de 1775 fue el principio de un año que debía cambiar la historia de la humanidad … Con todo, la mayoría de los hombres no lo sabían y no les importaba, dadas las mil cosas que debían hacer, dado que estaban comprando y vendiendo y atendiendo a sus menesteres, amando y odiando, ganando y perdiendo”. Y Filadelfia prosperaba. Y se había reunido allí un “organismo algo incoherente llamado Primer Congreso Continental”; allí “había descontento, pero también satisfacción, disturbios y prosperidad, como en todas las colonias inglesas del norte de América. Pero un 19 de abril “se abrió una grieta y por la grieta entró el sol”, Massachusetts declaró su independencia de Inglaterra. El Congreso publicó su Declaración de Derechos. Paine pensó: “Las palabras se amontonan y luego los hombres hacen cosas. Primero vienen las palabras”. Los casacas rojas, las fuerzas militares inglesas, a las que luego sumará a mercenarios, alemanes y de otras naciones, avanzan. Los ciudadanos de las colonias forman sus milicias ciudadanas, el ejército continental. Se avecinaban, juntas, desordenadas, superpuestas, sucesivas, mezcladas, la guerra, la revolución y la guerra civil.

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¿Qué haría él, inglés, y no colono americano? Estaba al frente de un periódico que no tomaba partido. ¿Podía seguir así? “Él era Paine el periodista, había sido Paine el mendigo, pero en ambos casos nada había poseído. Podía odiar y retorcerse y protestar, pero ¿cómo podía soñar?”.

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Empezó decir, en el Segundo Congreso Continental, lo que nadie se atrevía: independencia. Se unió a las milicias. Fue al frente. Padeció en el frente. Sus miserias. Las continuas derrotas. Las traiciones de los aristócratas confederados contra los pobres de las milicias de Washington, a quien llegaría a admirar. La superioridad inglesa. No solo, derrota tras derrota, eran traiciones de los ricos y superioridad imperial. No. Algo faltaba.

Todo esto, ¿por qué era, para qué era, hacia dónde iba?

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Le daría sentido. Le daría voz. Escribió “El Sentido Común”, que todos, por miles, de manera pública, de manera clandestina, de manera legal, de manera ilegal, imprimieron, hicieron circular, leyeron, a quienes no sabían leer, se los leyeron. Cada persona tenía su ejemplar, en el frente se lo leían los soldados, los jefes para darles ánimos, el propio Washington y Jefferson y Green. No sólo dio voz, encarnó la guerra y la revolución. Lo llamaban, al verle, “Sentido Común”. Todos los conocían. En las derrotas, cuando parecían insalvables, escribió sus series de “La crisis”, que renovaron el ánimo y la moral. Cuando fue necesario, ante el partido de los aristócratas, del Congreso, rompió, con Roberdeau y otros para agrupar al partido del pueblo, romper el acaparamiento y la especulación y abastecer las tropas de Washington.

Triunfaron. Vivía ahora en los Estados Unidos de América.

Y la paradoja: la victoria lo hacía innecesario. Él era un revolucionario. Partiría a nuevos rumbos.

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Washington lo saludaría y honraría: “Mi querido Paine, ninguno de nosotros olvidará todo lo que usted vale”.

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Volvería a Europa. En Inglaterra, para replicar la revolución y construir una República, escribió “Los derechos del hombre”, debió huir, a la Francia revolucionaria, siguiendo en la palestra, soñaba con unos estados unidos de Europa, y una alianza de las repúblicas de Estados Unidos, Francia e Inglaterra.

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“Estos son los tiempos, que ponen a prueba las almas de los hombres”, escribió.

Cada tiempo su prueba; eso vale la vida de una persona. Puso a prueba su alma. Encarnó su tiempo. Le dio su voz.

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