El nuevo Antiguo Régimen, 4)

El nuevo Antiguo Régimen, 4)

[Hablamos, aquí, de que estaríamos ante un cambio de época; y antes, aquí, de la literatura, Balzac iluminando algunos acontecimientos; también aquí con Víctor Hugo; ahora traemos a Emile Zola, buscando hablar, con la literatura, de nuestro tiempo, para entenderlo, para pensar].

“Llegó a casa de Maigrat muy emocionada. Maigrat vivía al lado del palacio del director; una tapia separaba el hotel del señor Hennebeau de la estrecha vivienda que habitaba el comerciante, quien tenía un almacén y una tiendecilla, cuya puerta daba a la carretera. En ella vendía un poco de todo: especias, salchichería, frutas, pan, cerveza y objetos de fantasía. Había sido vigilante en la mina Voreux, y luego, al abrir tienda, empezó con una muy pequeña; pero después, gracias a la protección

decidida de sus jefes, la había agrandado, aumentando su comercio, y acabando por matar la venta al por menor en Montsou.

Acaparó las mercaderías, y su importante clientela de obreros le permitía vender a precios más baratos y abrir créditos mayores que todos los demás tenderos. Por otra parte, seguía siendo el protegido de la Compañía, que le había hecho de nueva planta la tienda y el almacén.

-Aquí estoy otra vez, señor Maigrat -dijo la mujer de Maheu con humildad al verle en la puerta.

Él la miró sin contestarle. Era un hombre alto, grueso, fornido, que pretendía ser enérgico, y que cuando tomaba una resolución, ésta era siempre irrevocable.

-Vamos, no me despida como ayer. Necesitamos comer pan, de aquí al lunes. Es verdad que hace dos años le debemos sesenta francos; pero…

Y siguió hablando con frase entrecortado y voz poco segura. Aquélla era una deuda antigua, contraída durante una huelga. Veinte veces habían prometido pagarla; pero como no podían, apenas le daban cuarenta sueldos cada quincena. Además, les había sucedido una desgracia; habían tenido que pagar veinte francos a un zapatero que quería embargarles, y por eso no tenían ni un céntimo. Si no, hubieran podido tirar hasta el sábado, como los demás compañeros.

…

Aquella noche en La Ventajosa quedó decidida la huelga. Rasseneur no se atrevía a combatirla, y Souvarine la aceptaba como el primer paso dado en el camino de las soluciones convenientes.

Esteban resumió la situación en una sola frase: ¿La Compañía quiere la huelga? Pues la tendrá.

…

-¡Ah! ¿Conque se han declarado en huelga? -dijo tranquilamente la señora [Hennebeau, esposa del Director de la Compañía], después de oír el relato que su marido le hacía-. Y a nosotros, ¿qué nos importa? Supongo que no iremos a suspender el almuerzo. ¿eh?

…

Transcurrieron quince días, y el lunes de la tercera semana, las listas que se enviaban al director indicaban nueva disminución en el número de obreros que asistían al trabajo. Aquella mañana contaban con que terminaría la huelga. Pero la obstinación de la Compañía en no ceder exasperaba a los mineros. Ya no estaba en huelga solamente la Voreux, Créve-coeur, Miron y La Magdalena; en La Victoria y Feutry Cantel no bajaba ni la cuarta parte de los obreros, y hasta en Santo Tomás se notaban los efectos del movimiento huelguista.

…

Para la mujer de Maheu, el viejo minero, “Mejor hubiera sido obligar a la Compañía a que hiciese justicia sin abandonar ellos el trabajo. Pero puesto que estaba declarada la huelga, no se debía volver a las minas hasta tanto que se satisficieran las justas reclamaciones de los obreros.

En este punto, la buena mujer se mostraba de una energía inquebrantable. ¡Antes morir, que hacer como si no se tuviera razón, teniéndola!”

…

Otro minero, uno de los líderes: “Su grito de combate durante la huelga, su lema, era: «La mina, para el minero». Indudablemente esto era muy vago, y Esteban continuaba sin saber cómo realizar aquel sueño, atormentado aún por los escrúpulos de su sensibilidad y de su razón, que no le permitían sostener las afirmaciones absolutas de los sectarios. Lo único que decía, era que consideraba ante

todo necesario apoderarse de todo. Después, ya sabrían lo que debía hacerse”.

…

Discuten, en una asamblea: “¿Queréis que la huelga continúe? Y en este caso, ¿qué pensáis hacer para vencer a la Compañía?”

…

“La huelga se convirtió en un empeño mudo y obstinado, frente a aquel alarde de fuerza que exasperaba el orgullo del minero”.

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