2666, de Roberto Bolaño

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2666, de Roberto Bolaño

Acaso tengamos que hacer como hizo el profesor chileno residente en España, Amalfitano, que huyendo dolorosamente con su hija de la locura de su querida mujer, porque la locura puede ser contagiosa, terminó en Santa Cruz, estado de Sonora, México, colgando a lo Duchamp con un broche un libro de geometría de la cuerda de colgar la ropa, para desacreditar un libro cargado de principios, y para que aprenda 4 cosas de la vida real, sometido a los 4 elementos de la naturaleza: tierra, agua, aire y fuego. Y es que hay que dejar de creer fervientemente, dejarse regir por la casualidad que es “por el contrario, la libertad total … no obedece leyes”.

Así, sólo así, se puede acceder a la naturaleza de las cosas, que estaba debajo de la superficie, detrás de las apariencias. Aunque el viaje puede ser temible, desazonador. Como el que emprendieron los filólogos, expertos en el escritor alemán del que nada se conoce salvo sus obras Benno von Archimboldi, la inglesa Liz Norton, el español Espinoza, el francés Pelletier, el italiano Morini hacia México, en busca del gigante de casi 2 mts. de altura y ojos puros (y en la pureza tampoco hay que creer) de azules Archimboldi que se decía estaría allí. Para encontrarse con una irrealidad exasperante, y descubrir que Archimboldi no los llenaba, por eso comienzan su trio Norton, Espinoza y Pelletier. Para descubrir que Norton termina con el lisiado por esclerosis múltiple Morini.

Realidad exasperante de la que huye el periodista afroamericano Fate, cazador de historias perdidas: ex Panteras Negras que dejan atrás su pesadilla, y con ella “la estupidez, la variedad interminable de formas con que nos destrozamos a nosotros mismos”; el último comunista de Brooklyn pasado a la IV Internacional; la Hermandad de Mahoma que marcha bajo el retrato de Bin Laden pocos días después del World Trade Center. Y que enviado a México a cubrir un torneo de box, se encuentra con la realidad de las 200 mujeres asesinadas en Santa Cruz. Pero huye. “¿Hacerle la lucha a qué, a lo inevitable? ¿luchar contra quién? ¿y para conseguir qué? ¿más tiempo, una certeza, el vislumbre de algo esencial?”.

Y esa naturaleza cargada de irrealidad que asola a las mujeres de Santa Cruz, en su mayoría obreras de las maquiladoras, emerge debajo de la superficie de la ciudad atractiva para las inversiones industriales, de bajo desempleo, de noche siempre despierta con sus discotecas, su progreso, su comercio; y con empresarios, narcos, dirigentes del PRI y el PAN, policías, involucrados. Los crímenes se iniciaron en 1993, una por una se homenajea en sus páginas a las 117 que van muertas hasta 1997, año en el que detienen a un alemán estadounidense gigante con sus casi dos metros y ojos azules que meten miedo. Muertas a golpes, por estrangulamiento, torturadas, violadas múltiplemente. La naturaleza desatada, y no porque el hombre no sea intrínsecamente bueno, lo es, pero convive inocentemente con la muerte agazapada, con la locura, con la insatisfacción, con el vagabundeo de búsquedas que no conducen a nada.

Que es lo que queda, como en el último libro de Archimboldi (¿y este de Bolaño?): “El estilo era extraño, la escritura era clara y en ocasiones incluso transparente pero la manera en que se sucedían las historias no llevaba a ninguna parte: sólo quedaban los niños, sus padres, los animales, algunos vecinos y al final, en realidad, lo único que quedaba era la naturaleza, una naturaleza que poco a poco se iba deshaciendo en un caldero hirviendo hasta desaparecer del todo”.

Acaso, en cambio, podamos pensar que podemos actuar para transformar esta naturaleza que se esconde detrás de las apariencias y debajo de la superficie, que no, que no sea una naturaleza humana, o que la próxima vez, la que esté agazapada sea la bondad. ¿Por qué no?

(Aquí, no me gusta más que mantener esto de un libro, una carilla, una idea, sin pretender nada más. Pero cómo no agregar que tal vez Bolaño sea el autor, un gran autor, de “después del diluvio”, con desasosiego aquí, con nostalgia en Los detectives salvajes, con humor en La literatura nazi en América).

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