Bullet Park, de John Cheever

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Bullet Park, de John Cheever

El destino manifiesto de Nailles era amar su esposa Nellie, también a su hijo Tony, allí en Bullet Park, pequeño suburbio del Estado de NY, cercano a la estación de ferrocarril, a los bordes del río Weconsett, donde se refleja el resplandor crepuscular y los faroles de la estación dan una sensación de melancolía. Los vecinos se invitan a sus casas, con amplios jardines. Cada domingo van a la misa en la capilla del pueblo. Tienen sus clubes sociales, participan los hombres en el cuerpo de bomberos: “En momentos uno piensa con felicidad: éste es mi país, único, vasto, misterioso”.

Felicidad que parece cernirse como un telón sobre las vidas de sus vecinos; telón que al descorrerse nos muestra la rabia de un adolescente: “… maldita su hipocresía”; y también la inesperada enfermedad (¿depresión, mononucleosis?) de Tony; la desconsoladora pregunta de Nailles: “¿por qué todo sabe a cenizas?”; las escapadas impudorosas y culpables de Nellie a NY donde encuentra varones besándose entre sí, escucha groseros insultos en las calles, presencia obras de teatro con desnudos.

Hay quienes no sólo descorren el telón. Lo desgarran. El padre de Hammer, de físico escultórico, modelo para obras arquitectónicas, lo abandonó de niño sin reconocerlo. Poco después lo haría su madre, socialista, irreverente, libre, que cuando lo abandonó negoció plata con la adinerada familia del padre de Hammer, se dedicó a viajar, ventilaba sus extravagancias, sueños fantasiosos, robando cleptómanamente en los hoteles en los que se albergaba. Bastardo rechazado también por su abuela al poco tiempo de acogerlo tras los dos abandonos, salió en busca de su padre y su madre. A ella, vieja loca ya, la ubicó en un albergue perdido en Alemania, criticando a Estados Unidos, “esa nación consagrada a la tarea de narcotizarse”, por lo que, de volver, cosa que no haría, iría a un lugar con Bullet Park donde buscaría a alguien que “encarnara ejemplarmente esa vida sin sentimientos ni valores auténticos”, y lo crucificaría en la puerta de la Iglesia, “para hacerles abrir los ojos”.

Hammer, que no era socialista, atacado por una melancolía insuperable, vuelto alcohólico sin rumbo, recuperado, y vuelto a sumirse en la melancolía y el alcohol, decide cumplir el plan de su madre.

Pero esa felicidad que cae como un telón en nuestros suburbios, ¿puede, acaso, desgarrarse o al menos descorrerse, por una acción individual, pretendidamente justiciera, de una voluntad solitaria?

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