Diana o la cazadora solitaria, de Carlos Fuentes

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diana o la cazadora solitaria de carlos fuentes

Carlos el escritor mexicano conoce a la actriz estadounidense Diana Soren, se quedó hablando con ella en una fiesta cuando su bella mujer morena, Luisa, volvió a su casa. Fueron dos meses de amor, sexo y pasión.

Pero los unió algo más que una fiesta casual, en unos ‘70s cada vez más frívolos que se resistían a dejar atrás los ’60 convulsionados con el mayo francés, Vietnam, las luchas de Martin Luther King y Malcom X y los Panteras Negras, y Tlatelolco.

Tal vez, dos vacíos, dos deseos, dos traiciones, dos insaciabilidades.

Cuando Tlatelolco, Carlos estaba en Paris, no volvió a tiempo. “Tlatelolco fue para mí un signo terrible de la separación entre el fondo vital de las cosas y su expresión literaria en mi obra”. Es que “regresé a México y quise compensar mi mezcla de horror político y sequedad literaria con la novedad de los amores. “Mi frivolidad es imperdonable”.

Diana “quería ser otra, no se encontraba a gusto dentro de su propia piel”. Lo buscó, sabía de sus libros, y lo dejó cuando comprobó la distancia: “escribes pero no haces”. Diana, la cazadora, acumulaba mundos: su pueblo natal del Medio Oeste americano, Hollywood, el Paris intelectual, la rebelión de los ’60, los Panteras Negras, el revolucionario mexicano. El peso de esos mundos que acumulaba y no eran suyos, la hundió.

 

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