El gran dinero, de John Dos Passos

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El gran dinero, de John Dos Passos

El vértigo de una nación en ascenso, en transformación, en ese momento preciso en el que “vivimos una era de progreso sin par en la historia”. La de Frederick Taylor, Henry Ford, Thorstein Veblen, Isadora Duncan, Rodolfo Valentino, los hermanos Wright, Frank Lloyd Wright, William Randolph Hearst, Samuel Insull. Figuras de sus tiempos, artistas, intelectuales, industrials, inventores que se hicieron a sí mismos, empujados “hacia el futuro sin límites, abierto en todas direcciones, que se presentaba ante aquellos jóvenes que se pusieran manos a la obra y aguzaran el ingenio para dar inventos al mundo”.

Una nación en movimiento, en la que el héroe de la Gran Guerra, mecánico, inventor, Charley Anderson, pone en pie la industria aeronáutica, se empina como socio y vicepresidente ejecutivo de la compañía que fundan, negocia con senadores, se hace experto y millonario con la especulación en la Bolsa. Del puerto de Nueva York a la colmena industrial de Detroit, donde “el capitalista, el inversor, el constructor han convertido lo que en un tiempo fue pantano en una maravillosa ciudad”.

Una nación en movimiento en la que Margo Dowling escapó con su madrastra de la violenta borrachera de su padre, vagó por el mundo del espectáculo, se hizo cabaretera, se casó mal, se emparejó con jóvenes millonarios, se unió a Charley Anderson hasta su accidental muerte, se reinventó como estrella de Hollywood. Así se construía América, porque “es así como funciona la democracia norteamericana: catapultando hacia el éxito a los más dotados e inteligentes y barriendo a los más débiles”.

Aquellos a los que Mary French dedicó su vida, como su padre médico de pobres contra la voluntad de su madre de que ocupara su posición social, en la asistencia social, en la militancia en los sindicatos de toda América, en la defensa de Sacco y Vanzetti, más tarde en compañía del dirigente Don Stevens que terminó militando en el Partido Comunista en la fracción stalinista en su persecución contra los trotskistas, traicionando a la clase obrera, pero los perseguidos seguían luchando, sabiendo que “al final será la clase obrera la que juzgue”.

Porque en ese vértigo vemos que “somos dos naciones”, donde “ellos lo tienen todo, las armas y el dinero, y nosotros nada”, pero “América no olvidará a quienes la traicionaron”. Porque no es solo la mera pluralidad de Charley, Margo y Mary, es la existencia de dos naciones; aunque, ¿no olvidamos nosotros a quienes nos traicionaron?, mejor “¿por qué no decir a estos que patean al viento que estamos sobre arenas movedizas?”

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