El infinito en la palma de la mano, de Gioconda Belli

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El infinito en la palma de la mano, de Gioconda Belli

La Historia de la humanidad se inicia con la expulsión de Adán y Eva, y nace con un acto de conocimiento (de curiosidad más bien) y libertad (un desafío). Ante la disyuntiva: Comer o no el fruto del Arbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Pero, decidir no comer –y obedecer-, ¿es un acto de libertad?, y decidir comer del fruto, y ser castigado… ¿qué libertad es esa?

¿Había entonces plenitud en el Jardín? ¿O al contrario la curiosidad de Eva nacía de una necesidad, prohijada por la prohibición de aquel fruto? Y así, la necesidad desterró a la libertad.

Adán y Eva descubrirán que el tramo que separa al Bien del Mal es ancho, y su conocimiento no es una luz que de pronto aclara el entendimiento, sino una lenta revelación. Y cada generación de seres humanos tendrá que recorrerlo, en una forma de eternidad distinta a la apacible del Jardín (“una belleza que no se interroga a sí misma”), una que es ardua y obligada a perpetuarse activamente, añorando aquella anterior forma de eternidad, hasta que el Fin sea igual que el Principio. Esa añoranza y esa búsqueda es lo que mueve a los seres humanos.

Iniciando el camino, Adán y Eva viven descubriendo: la desolación, el hambre, el miedo, la oscuridad, la noche, las frutas, el sexo, la playa, los alimentos, la evacuación de orina y excrementos, la menstruación, el fuego para cocer los alimentos, las pieles para cubrirse, la crueldad, la inquietud, la duda, el arrepentimiento, los sueños, la caza (él) y la siembra (ella), la belleza, la imaginación, la tristeza, la pesca, el embarazo, la pintura en la cueva, la narración, el invierno, la felicidad, el amor. A distinguirse de los animales, por el lenguaje, el conocimiento, la imaginación y la tristeza.

Todo contiene el Bien y el Mal, “el saber causa inquietud, inconformidad. Uno cesa de aceptar las cosas como son y trata de cambiarlas”, y con esa libertad viene el castigo, “no sé qué libertad sea ésta”.

¿Son entonces dones la libertad y el conocimiento? ¿O son actos humanos empujados por la obligada disyuntiva? ¿Y si en vez de una obligada disyuntiva hubiera una perfecta plenitud, no sería ahora la libertad la que destierre a la necesidad? Y así sí, poder tomar la creación en sus manos.

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