El héroe discreto, de Mario Vargas Llosa

A partir de

el heroe discreto

En este culebrón, “El héroe discreto” de Mario Vargas Llosa, nos encontramos con que, “Dios mío, qué historias organiza la vida cotidiana”.

¿Y qué historias nos organiza la vida cotidiana? Historias de dolores pequeños, sufrimientos diarios. “La vida es la vida, Felícito, ya tendrías que saberlo. Tú vienes de abajo y sabes lo que es el sufrimiento, como yo y como tanto piurano obretón”. Historias de felicidades para las que nunca son tarde. “A los 80 había descubierto que la vida podía ser no sólo trabajar, también hacer locuras. Desbocarse, saborear los placeres del sexo y la venganza”. Historias de la distancia envuelta en cercanía, de lo incomunicable cubierto de palabras. “Es verdad que es imposible conocer a fondo a las personas, todas son insondables”. Historias al revés, de cercanía y comunión. “No sabemos todo lo que hay en nosotros mismos, Orejitas. Los seres humanos, cada persona, somos abismos llenos de sombras. Algunos hombres, algunas mujeres, tienen una sensibilidad más intensa que otros, sienten y perciben cosas que a los demás nos pasan desapercibidas”. Historias de violencia de tantas mujeres violadas de niñas, historias de odios sordos de hijos por sus padres, de indiferencia de padres con hijos, de rencores mudos entre parejas, de traiciones por plata, de temores, de deseos. Historias de orgullo y coraje, “no te dejes pisotear por nadie”.

Historias cotidianas que parecen poder imponerse sobre cada uno, que hacen que el agnóstico de Rigoberto caiga rendido. “Nunca había creído que el destino de los hombres estuviera escrito, que la vida fuera un guión que los seres humanos interpretaran sin saberlo pero (con todos los avatares de este culebrón) tenía la sensación de haber detectado un asomo de predestinación en su vida. ¿Podían ser sus días una secuencia preestablecida por un poder sobrenatural como creían los calvinistas?”.

Historias cotidianas, historias pequeñas, de cada uno, todas cargando sin embargo el peso de la historia colectiva, magma de lo cotidiano y lo histórico, pero donde finalmente, unos ciegos sordos y mudos, otros concientes, como decía Trotsky, cada uno “carga sobre sus espaldas una partícula del destino de la humanidad”. Asumir esto, es un modo de no caer rendido.

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