El hombre lento, de J.M. Coetzee

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El hombre lento, de J.M. Coetzee

La anciana novelista Elizabeth Costello está en busca de un personaje para su próxima novela. Con ese fin, se instala repentinamente en la casa del anciano Paul Rayment a quien acaban de amputarle una pierna tras ser atropellado por un joven con su auto mientras andaba en su bicicleta. Y nos presenta “el caso del señor Rayment”: “El señor Rayment tiene un accidente como resultado del cual pierde una perna. Contrata a una enfermera para que cuide de él, y en un abrir y cerrar de ojos, se enamora de ella. Tiene la intuición de que un reflorecimiento milagroso de su juventud, nacido del amor, puede estar a la vuelta de la esquina. Incluso sueña con engendrar un hijo suyo. Pero, ¿acaso puede fiarse de esas intuiciones? ¿Acaso no se trata de las fantasías de un viejo senil?”.

¿Por qué se trata de “un caso” que nos debe presentar Elizabeth Costello? (y, entonces, sí hay una función social de la literatura). Porque ayer bendecía su vida y hoy se siente indigno pecador por no tener un hijo, sintiéndose cerca del fin. Porque ayer odiaba al joven que lo atropelló y hoy le agradece por este buen final de su enamoramiento de la enfermera croata Marijana Stokic. Porque descubre que el amor nace y renace del deseo sexual, la necesidad de ser cuidado, el impulso de cuidar, la compulsión egoísta, la pureza de la generosidad, el temor y la alegría. Porque ayer decidió proteger como a un hijo propio al Drago hijo de Marijana pagándole sus estudios y admitiéndolo en su casa, pero hoy no soporta el cambio de rutina con un adolescente instalado en su casa, y mañana se descorazona porque le sacó una fotografía antigua de su colección. Porque todos sufren alguna pérdida, Paul Rayment su pierna, los croatas afincados en Australia su país. Porque sin recibir lo que espera de Marijana sigue dándole mientras rechaza el amor que le ofrecen la ciega Marianne y su vieja amiga la señora Cord. ¡Cuántas cosas! Pero, “a todos nos gustaría ser más simples, Paul, a todos nosotros. Sobre todo cuando nos acercamos al fin. Pero los seres humanos somos criaturas complicadas”, y esa complicación es expansión, es una vida más plena, no hay que enredarse, ni titubear, hay que darse prisa. Sino, la condena de este caso es implacable: terminar como un pobre viejo frío y desgraciado, “porque no tiene ni la menor idea de cómo llevar a cabo los deseos de su corazón”.

¿Qué hacer entonces, cómo hacer? “Sea un personaje protagonista. De otra forma, ¿para qué sirve la vida?”.

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