La Fortuna con seso y la hora de todos, de Francisco Gómez de Quevedo

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Los dioses, preocupados de sí, convocan ante sí a la Fortuna: “tus locuras, tus disparates y maldades son tales, que persuaden a la gente mortal que, pues no te vamos a la mano, que no hay dioses, que el cielo está vacío y que soy un dios de mala muerte”. ¿Y de qué se quejan los mortales? De que “das a los delitos lo que se debe a los méritos, y los premios de la virtud al pecado”.

En su defensa salió su fiel compañera, la Ocasión, diciendo que “yo soy hembra que me ofrezco a todos. Muchos me hallan, pocos me gozan”. No hubo caso, los dioses sentenciaron que “está decretado irrevocablemente que en el mundo, en un día y una propia hora, se hallen de repente todos los hombres con lo que cada uno merece”. Fue un 20 de junio, a las 16 horas.

Todo se trastocó. La casa de aquel que la construyó robando, se desarmó, “piedra por piedra y ladrillo por ladrillo, se empezó a deshacer, y las tejas, unas se iban a unos tejados y otras a otros… iban las rejas y as celosías buscando sus dueños de calle en calle”. Asombrados unos se preguntaban, “¿las casas se mudan de los dueños?”. Así comenzaba esa hora.

Todo caía bajo su imperio: los senadores, los carceleros, los abogados, los taberneros, los príncipes y vasallos, las naciones, la educación del pueblo. Se iba concluyendo que “ser príncipe de pueblo pobre más es ser pobre y pobreza que príncipe. El que enriquece los súbditos tiene tantos tesoros como vasallos”. O que “en la ignorancia del pueblo está está seguro el dominio de los príncipes; el estudio, que los advierte, los amotina. Vasallos doctos, más conspiran que obedecen, más examinan al señor que le respetan; en entendiéndole, le desprecian; en sabiendo qué es la libertad, la desean”. Los indios de Chile critican que “los cristianos dicen que el Cielo castigó a las Indias porque adoraban a los ídolos, y los indios decimos que el Cielo ha de castigar a los cristianos porque adoran a las Indias”. Los negros, que “para nuestra esclavitud no hay otra causa sino la color, y la color es accidente y no delito”.

Y así con todo, pero todo trastocado, mantenía las querellas de siempre, invertidas, dadas vuelta. Concluyendo esa hora, los dioses debatieron si extenderla, pero se lamentaron que “tal es la flaqueza de los hombres”, que decidieron finalizarla, y que “todos reciban lo que les repartiere”.

¿Nada cambia ni puede cambiar? También agregaron: “y aquel que recibe y hace culpa para sí lo que para sí toma, se queje de sí propio y no de la Fortuna”.

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