La guerra de Galio, de Héctor Aguilar Camín

 

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Cuando “el hecho político más decisivo” del México de los ’70 porque rompió “la pax mexicana”, la lucha armada, se activó, se pusieron en marcha cuatro pasiones, intereses.

El Estado surgido de la Revolución Mexicana, con su república cortesana, erigido por sobre el México real; con su mejor expresión en Galio, alto operador, intelectual fascista, oráculo, merodeador de los sótanos, “esa zona criminal de la vida pública” y su guerra sucia. Arriba de él, el Presidente y sus poderes a la vez reales y decorativos. Abajo, Croix, “el verdugo de la utopía”, jefe de los comandos anti-guerrilleros.

La guerrilla, con los Santoyo, Paloma, Lucio Cabañas. Hijos del ’68 y la masacre de Tlatelolco, “una generación amargada e iluminada”, que inició lo que terminó como “una revolución sofocada”, que empezó bajo genuinas aspiraciones sociales y concluyó en un inútil enfrentamiento entre aparatos armados.

El periodismo, el independiente y crítico, punto de mirada, actor, registro. Con “La República” del brillante Octavio Sala, desafío del Gobierno y los poderes constituidos, y por eso “enemigo del Estado”, atacado implacablemente, vencido, para volver a empezar, ahora sin esperanza regeneradora sino bajo la frustración y el odio con “La Vanguardia”.

El historiador, el que juzga, el que sólo está de paso por el presente metiéndose en la realidad, con Vigil, que en este paso conoce la naturaleza humana, sus miserias, y pasa del entusiasmo que lo arrastra a la decepción, de la pluma crítica en “La República” y “La Vanguardia” a “administrar el tedio” y al claustro y un libro de la historia de la Revolución Mexicana como “un libro contra la utopía y la prisa, contra la idea de los atajos y las realizaciones súbitas de la historia, contra las soluciones rupturistas y también contra la estabilidad inmovilizadora”.

Su antiguo profesor conservador de la historia colonial de México ya le había dicho, sin embargo, “vive como quieras, lo que ha de suceder, sucederá”. Agregaba, “el historiador es un hombre que lee. Archivos, retazos, vestigios. ¿Cuándo es el momento de dejar de leer? Cuando, en medio de la oscuridad humilde, aparece algo claro”. ¿Qué pasiones están hoy remeciéndolo todo, que claridad interrumpe la humilde oscuridad?

 

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