La tregua, de Primo Levi

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La tregua, de Primo Levi

Volver a descubrir en las novelas que hay otros universos paralelos. Uno de ellos, terrible, inconmensurable: el universo concentracionario. Allí, donde domina la ofensa, con su naturaleza incurable, fuente de mal inagotable, que destroza el alma y el cuerpo, se perpetúa, pulula, quebranta la moral, produce negación, cansancio, renuncia, odio, sed de venganza. Y con ella, el pudor.

Liberados por el Ejército Rojo, inician la trayectoria a casa, y en este largo recorrido, atravesando pueblos rusos, la estepa, aventuras, Primo Levi no describe aquí el horror (ese genio de destrucción, de contracreación), sino que nos va revelando la humanidad de todos los que poblaron el universo concentracionario, en un homenaje humano a la humanidad de las víctimas: el “triángulo rojo” Thylle, la aristocracia del campo; el niño Hurbinek, que nunca pudo aprender a hablar, el muchacho húngaro Henek que quizo enseñarle; el delator Kleine Kiepura; Noah, “el Ministro de las Letrinas de la Auschwitz libre”; Frau Vitta con su amor fraternal por toda la humanidad; el griego Mordo Nahum, el griego que comerciaba con todo lo que se podía comerciar sin respeto a nada; el médico Leonardo y su capacidad ilimitada de aguante; el dr. Gottlieb con su talento de improvisador; el Moro que blasfemaba y maldecía a todo y a todos; el señor Unverdorben, una novela en sí mismo; Césare, su amigo, con su alegría de vivir; el rumano Cantarella con su vocación de ermitaño. Y algunos más, poblando de vida la muerte.

Fue una travesía larga: “después del año de Lager, de sufrimiento y paciencia; después de la oleada de muerte que siguió a la liberación, después del hielo y el hambre, del desprecio y la feroz compañía del griego; después de las enfermedades y las miserias de Katowice; después de los insensatos cambios de lugar que nos habían hecho sentirnos como condenados a gravitar por toda la eternidad atravesando los espacios rusos, como inútiles astros apagados; después del ocio y la nostalgia amargos de Staryje Doroghi, estábamos saliendo a flote, viajando hacia la superficie, camino a casa”. Después de todo esto, volver a casa no era fácil: “¿dónde íbamos a encontrar la fuerza para volver a vivir?” Todo ese tránsito aparecía así como una tregua, donde vemos la humanidad florecer entre la tragedia.

Vidas que conmueven y emocionan. La confirmación de la humanidad, en su sentido moral, que florece en medio de ese universo que está, que existe, que exige de nosotros que no vuelva a dominar.

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