Los hundidos y los salvados, Primo Levi

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Los hundidos y los salvados, Primo Levi

En Si esto es un hombre y La Tregua, creíamos que habíamos llegado de la mano de Primo Levi al infierno. No es así. Aquí llegamos a su último círculo, la unión demoníaca entre la violencia inútil y la transformación en animales. En Auschwitz, “en los confines del espíritu, de lo no imaginable, estaban allí”.

Allí, con el ultraje infligido por los verdugos, que es incurable. Que por ser irrevocable, no puede ser lavado. Con la vergüenza que genera en las víctimas. Y donde peor todavía que las cosas sucedidas, son sus motivos: la crueldad inútil, el goce en el mal del prójimo, el gusto por hacer sufrir deliberadamente.

Y peor todavía, que la opresión impone una zona gris: los que colaboran. “Es ingenuo e históricamente falso creer que un sistema infernal, como era el nacionalsocialista, convierta en santos a sus víctimas, por el contrario, las degrada, las asimila a él, y tanto más cuanto más vulnerables sean ellas, vacías, privadas de un esqueleto político o moral”. Un refinamiento de perfidia y de odio: tenían que ser los judíos los que metieran en el horno a los judíos. Es que el crimen más demoníaco del nazismo era no solo destruir vuestros cuerpos, también destruir vuestras almas. Se trata de “el tema fundamental de la ambigüedad  humana provocada fatalmente por la opresión”.

Y una y otra vez, la transformación en animales (como una lombriz, como animales domesticados, como vacas, como mulas, como perros, como bestias de carga), el ultraje; con muchas crueles formas diferentes, buscado por los verdugos.

Peor todavía: no podemos juzgar a la zona gris. Aquí la capacidad de juzgar se paraliza. A la vez que se hace inevitable. Y que no se puede perdonar.

Y tal vez, es aún peor: “suelen preguntarnos … de qué pasta estaban hechos nuestros esbirros … hace pensar en individuos retorcidos, mal nacidos, sádicos, marcados por el vicio de origen. Y, en lugar de ello, estaban hechos de nuestra misma pasta, eran seres humanos medios, medianamente inteligentes, medianamente malvados”.

Pero. “La presión totalitaria es pavorosa, pero no irresistible”. Y sobre todo: “Ha sucedido y, por consiguiente, puede volver a suceder. Esto es la esencia de lo que tenemos que decir”. ¿Y no es por eso, que estamos obligados a luchar?

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