París no se acaba nunca, de Enrique Vila- Matas

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París no se acaba nunca, de Enrique Vila- Matas

Nunca se acaba de aprender. Al final de la vida, sigue queriendo parecerse a Ernest Hemingway, como en sus años de aprendizaje de escritor en Paris queriendo ser como Ernest Hemingway gracias a quien quiso ser escritor. La vejez es el espejo de la juventud, y viceversa, esa es la gran ironía. Y una ironía sucede a la otra: La ficción es el espejo de la realidad, ser Ernest Hemingway es ser el escritor que quería ser Ernest Hemingway. Los años de aprendizaje le enseñan (la teoría del iceberg de Hemingway, la cuartilla para escribir de Marguerite Duras; exponerse, jugarse a fondo; la libertad del escritor, es decir, su dominio sobre sus personajes; que a la hora de escribir no hay que descartar nada, premuniéndolo de su libreta de notas; la importancia de la duda; que los escritores no tienen vida personal; la mezcla de la ficción y la realidad), y también le enseñan –le muestran- que ya todo está inventado. Y eso sí que es una ironía. Y que los consejos, todos estos consejos son inútiles. ¿Quién escribe? ¿Existieron o son personajes el genial exiliado político español Alfonso, y el bondadoso dandy exiliado Tomás Moll? La ironía es que no importa. Pero que sí es importante: el Aleph, ventana a toda la realidad, te permite ver la verdad, y ver más, y es Borges el idealista más militante. Es la novela de sus años de aprendizaje, y fueron sus años de aprendizaje. Es la novela de su primera novela, y la ironía aquí es que su primera novela, confiesa, fue la secreta despedida de la poesía (la imaginación), para caer en la burda narración (la realidad).

Tal vez, esta sucesión de ironías encubran la angustia individual del escritor, de ser en otro, y el carácter de una época, escéptica, que alecciona a los escritores modernos el valor de la impostura, de la permanente re-escritura de lo viejo.

¿No hay esperanza acaso?

¿Existe lo real? Está la ironía “para desactivarla”. Luego, existe. Esa es la gran ironía. Al final, entonces, la gran ironía, es que la ironía no puede ser: si la ironía es anular la realidad, porque la realidad, entendida como limitación de las múltiples posibilidades, es posibilidades múltiples. La realidad es Vicky Vaporú, el travesti que anula la ironía: “¿Verdad que yo no soy una mujer sofisticada ni falsificada sino que soy una falsificación verdadera?”. Por eso sus últimos encuentros, recuerdos, experiencias son las de Samuel Beckett y su desolación; Ernest Hemingway y su suicidio por el peso de la nada; Marguerite Duras y su encierro respecto al mundo; el corte de luz de su bohardilla encendiendo una cerilla para no ver nada. La imposibilidad del escritor que pretende que la vida imita al arte. Hay esperanza, no estamos condenados a la impostura, ni a la permanente re-escritura. La realidad puede ser otra, siempre que no busquemos desactivarla.

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