Stoner, de John Williams

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Stoner, de John Williams

William Stoner trabajó desde niño en la granja pobre de sus padres, y nada parecía que fuera a ser distinto que lo que era la vida de sus padres. Pero la Universidad de Misuri en Columbia en 1910 abrió la Facultad de Agronomía. Allí fue y parecía ir, de ese modo, para retornar.

Algo lo sacudió internamente, algo indefinido, pero que lo había transformado, por medio de su profesor de literatura inglesa. Abandonó la Agronomía por la Literatura. Salió del campo para no volver. Pero el campo no lo abandonaría, “avizoraba un futuro brillante … lo visualizaba como la gran biblioteca de la universidad, a la que podrían anexarse nuevas alas, a la que podrían añadirse nuevos libros, y de la que podrían retirarse los libros viejos, pero conservando impermutable su naturaleza esencial”.

¿La de la universidad? Sí, porque era un refugio permanente, tal vez para los fracasados y tullidos del mundo, como él mismo con su joroba prematura por el duro trabajo campesino, ante los embates de la vida, las dos guerras mundiales, la crisis del ’29, la muerte de amigos, la breve felicidad y larga agonía matrimonial, el tardío descubrimiento del amor con su joven amante.

¿La de él? También, porque “su sangre conservaba siempre cerca de su conciencia el conocimiento de su herencia, el legado de unos antepasados de vidas oscuras y severas y estoicas, y cuya ética común consistía en afrontar un mundo opresivo con semblante inexpresivo, duro y desolado”.

¿O no, en realidad? Salió de la granja, amó el conocimiento; se casó con frío amor y descubrió más tarde que el amor, “no era ni estado de gracia ni ilusión… sino un acto humano de transformación” y amó a su amante joven; adoró a su hija, se distanció y se re-encontró; fue mal profesor objeto de burlas y gran profesor admirado por sus estudiantes; fue vencido por rivalidades académicas, pero también fue vencedor. “Así que somos parte del mundo, a pesar de todo”.

A los 40 se preguntó por el sentido de su vida, pasados los 60 enfermaría mortalmente. “¿Qué esperabas?” de tu vida, se preguntaba agónico. Pero logró una última transformación, rebatiéndose, porque “recordó vagamente que había estado pensando en el fracaso… como si importara. Ahora le parecía que esos pensamientos eran mezquinos, indignos de lo que había sido su vida”.

 

 

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