Tonio Kröger, de Thomas Mann

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Tonio Kröger, de Thomas Mann

Tonio Kröger tiene ya más de 30 años, y en una escena parecida a la de sus 16 años, mira desde la ventana de aquella ciudad balneario de Dinamarca el baile de su enamorada Ingeborg Holm con su querido Hans Hansen. Tonio Kröger tiene apenas 30 años, y ya famoso escritor, discute con su amiga la pintora rusa Lisaveta Ivanovna, lo mismo que lo atormenta en sus primeros años de juventud: la soledad del escritor por su capacidad de ver el interior de las personas y el mundo con su “tormento y orgullo del entendimiento”, anulando la sensibilidad, exterior a la vida misma: Lo que lo hace sentir anormal, como a sus 14 años, cuando Hans salía del colegio, de ojhos azules, fuerte, rodeado de amigos con los que practicaba la equitación, hábiles para el baile, y Tonio esperándolo afuera, de ojos oscuros, debilucho, amante de la poesía, anormal.

¿Es el mismo Tonio el de los 14, los 16, los 20, los 30, y ya con más de 30 buscándose a sí mismo en Dinamarca? Puede que sí, los mismos fantasmas lo acompañan. Pero hay algo diferente, el mundo que lo rodea, la posibilidad de enfrentarlo. Ese mundo que lo rodea le da dos cachetadas: Lisaveta le arroja frontalmente: “el problema es que es usted un burgués”. Camino a Dinamarca, vuelve a su ciudad natal, y una maciza institución burguesa lo enfrenta: la policía lo cree un bandido huyendo del país, aunque el asunto no pasa a mayores.

Tonio puede concluir: el problema, Lisaveta, es que estoy a medio camino entre dos mundos: ustedes los artistas me tratan de burgués, y los burgueses me quieren apresar. Así, no puede aceptar “lo que hay en mí de extraordinario y genial”, y poder declarar que le gustan los rubios y de ojos azules así como los vulgares, mirarlos desde la ventana disfrutando el mar de esa ciudad balneario.

Tonio logró reconciliarse consigo mismo. ¿Cuánto de ajenidad tiene este disfrute, este viaje, esta fuga del leer, también del escribir, del campo intelectual? Ajeno a la vida misma, a la acción, a la sensibilidad. ¿Cuántas otras vías de reconciliación tenemos por delante, y no podríamos dejar de recorrer?

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