Pequeños cementerios bajo la luna, de Mauricio Electorat

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Pequeños cementerios bajo la luna, de Mauricio Electorat

 

Emilio Ortiz Bulnes cuando era niño se hizo lector, se salvó de ser un analfabeto más, por la Enciclopedia Salvat que estaba en la biblioteca de su tía Amanda, como estaba también “Los grandes cementerios bajo la luna”, del escritor católico anti-fascista Bernanos, con su “denuncia virulenta de la sociedad burguesa, de su pacto sordo con los fascismos en auge en los años treinta”. Con un General de Rector, años más tarde, decidió irse a estudiar a Paris, y vivió en una pieza frente a un pequeño cementerio que le gustaba mirar por las noches.

¿Qué otros “pactos sordos” hubo aquellos años de los que escapó para hacer un máster en lingüística? “Es mejor no saber mucho de las personas que nos rodean”. Pero no puedes escaparte de eso.

De la propia abyección ante la mujer que le pidió protección en el hotel de Paris donde trabajaba como guardia nocturno, y mientras la entregaba a la policía le decía “estamos en Francia, esto… esto es una república –pensando cómo puedes ser tan abyecto, concha de tu madre-, una democracia”.

De la necesidad de averiguar sobre la apasionada Chloé, que un día repentinamente se esfumó.

De la confidencia de su tía Amalia, que después confirmaría, de nuevo en Chile por una temporada, por boca de su propio padre, que celebraba “este paisaje… esto es lo que te ofrece este país… las cosas simples de la vida, ahí está la felicidad, ¿no?… esta tierra bendita llamada Chile como decía el general”. Y Emilio le oponía la pobreza y los muertos, y el padre “solo se rio con una carcajada sonora”.

“¿Quién es nuestro padre?”, “¿estás seguro que me quieres conocer?”

Indaga. Busca al ex empleado de la concesionaria del padre, lo encuentra en “una casa como las otras… recurro al timbre clásico de todos los barrios y pueblos de este país: ‘¿aló?’, grito”. Confirma el terrible secreto.

La muerte del padre, ¿suicidio, asesinato?, lo pondrá inesperadamente ante un secreto dentro del secreto. “No se conoce nunca a nadie amigo, todos esconden algo”. Vuelta entonces a Paris, renunciando a todo.

Renunciar a todo. Es que, ¿cuál “denuncia virulenta” es posible hoy, por qué, contra qué?

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