Los pacientes del doctor García, de Almudena Grandes

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Los pacientes del doctor García, de Almudena Grandes

 

Antes. Un policía republicano y libertario jugaba al ajedrez con un rico notario. “Nuestros abuelos habían mantenido durante décadas una amistad profunda e incomprensible. Más allá del ajedrez, no tenían nada en común, y sin embargo, pese a las diferencias políticas, religiosas y morales que los animaban a militar en posiciones antagónicas, ambos cultivaban una afinidad recóndita, casi secreta, cuya naturaleza tal vez incluso desconocían”.

Después. Para sus nietos, ya “no éramos más que un fruto de la guerra, una brizna de su botín, dos rehenes demasiado débiles para oponer resistencia a un amo tan poderoso”.

Es lo que hizo de un médico republicano, el doctor Guillermo García Medina, un compañero de ruta clandestino del Partido Comunista de España, atendiendo a sus enfermos y heridos también en la clandestinidad;  y después también, pieza esencial en la misión que el Gobierno republicano de Negrín en el exilio desplegaría para infiltrar y develar la “red Stauffer” en España, de ayuda a los criminales de guerra nazi de todas las nacionalidades, amparada por el Vaticano, Perón y Franco, con la esperanza de que pudiera despertar el repudio internacional provocando su caída.

Lo que hizo de un campesino pobre, Manuel Arroyo Benítez, el encargado clandestino de desplegar esta audaz misión, y autor del “informe Pacheco” detallando la red, sus miembros, su funcionamiento, haciéndolo llegar a manos del Gobierno de Estados Unidos y que, como antes, en los ’30, dejó a los anti-franquistas solos en su heroica lucha, ocultándolo, porque ahora Franco era adalid del anti-comunismo en la confrontación mundial entre Estados Unidos y la URSS.

Lo que hizo de otro campesino pobre, Adrián Gallardo Ortega, un soldado de la División Azul que combatió con los ejércitos de Hitler en Rusia y un criminal de guerra masacrando judíos en los campos de concentración nazis en Estonia.

Débiles rehenes, briznas del botín del poderoso amo. Todos. Pero a la vez, entre el doctor García con Manuel Arroyo Benítez, y el soldado Adrián Gallardo Ortega, mediaba una distancia infranqueable. Con orgullo, los dos amigos dieron sus vidas para ganarlas, aún con el peso de sentirse derrotados porque Franco se mantuvo hasta el último día en su gobierno, pero logrando infiltrar la temible red Stauffer. Y poder celebrar su amistad cuarenta años más tarde. “Héroes a mano”.

Adrián Gallardo era en cambio “un juguete roto”, no creía en nada de lo que hacía, y cada cosa que hacía violentaba su naturaleza, hasta aniquilarlo.

Aún en los momentos más dramáticos de la historia, cuando solo parecemos ser débiles rehenes, briznas del botín de un poderoso amo, movidos por “hilos invisibles”, ¿no se presentan acaso alternativas entre las que escoger, bifurcaciones del camino que recorrer? Héroes a mano, o juguetes rotos. También, quizás, en momentos menos dramáticos de la historia. Y en estos últimos, además, el impedir su olvido, te hace un eco de aquellos héroes a mano.

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