La ronda nocturna, de Patrick Modiano

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La ronda nocturna, de Patrick Modiano

 

“Todas las ratas se han aprovechado de los ‘acontecimientos’ recientes para subir a la superficie”. Tiburones de negocios, chantajistas, prostitutas, morfinómanos, ex policías. La Gestapo francesa que saqueaba las obras de artes, traficaba con las muchas necesidades, asesinaba por encargo o porque sí, daba chivatazos, palizas. El libro preferido de su jefe, el Khèdive, era Antología de los traidores, de Alcibíades al capitán Dreyfus.Se infiltraba en las organizaciones enemigas para destruirlas.

Como la Organización de los Caballeros de la Sombra, OCS, que luchaba en la clandestinidad por la Verdad, la Libertad, la Etica.

Para eso, lo reclutaron. ¿Por qué lo aceptó, si solo quería ser un simple barman, de espíritu ligero y alegre y sonrisa seductora y mirada sincera?

Porque le ofrecieron, y necesitaba, “un sueldo muy bueno” para cuidar de su mamá y él era muy buen hijo.

Porque “como no notaba ninguna vocación en especial, esperaba de mis mayores que me escogieran un empleo. A ellos les ha tocado saber qué aspectos de mí preferían. ¿Boy-scout? ¿Florista? ¿Jugador de tenis? No: empleado de una pseudo- agencia de policía. Chantajista, chivato, extorsionador”, miembro de la Gestapo francesa.

Porque, “a fin de cuentas el doble juego y la traición encajaban bien con mi carácter travieso. Insuficientemente animoso para alinearme con los héroes. Demasiado indolente y distraído para ser un cabrón auténtico. Y, en cambio, ductibilidad, gusto por el movimiento y una simpatía evidente”.

Porque “me parecía de una ‘sencillez infantil’ convertirme en un traidor ejemplar”.

Porque en esa situación, andaba “de acá para allá entre los dos bandos y con unas ambiciones, la verdad, la mar de modestas”.

Porque, como “alguien me susurraba al oído: de la vida no se quedó de verdad más que con ese torbellino al que se ha dejado arrastrar”.

Porque, “ya he dicho que el destino del mundo me preocupaba poco. Tampoco el mío me apasionaba en exceso. A uno le bastaba con dejar que lo arrastrase la corriente. Brizna de paja”.

Porque “habría que tomar partido pero… me eran indiferentes”.

Porque “la época en que vivíamos requería prendas excepcionales para el heroísmo o para el crimen. Y yo, la verdad, desentonaba”.

¿Y qué si no unía aquella necesidad, aquel dejar que escojan por él, aquella indolencia, aquella frivolidad de la aparente sencillez, aquella modestia de ambiciones, aquella brizna de paja arrastrada por un torbellino, aquella indiferencia, aquel desentono, sino la falta de pasión por el destino, el del mundo y el propio? No uno trazado, uno en el que podía ir decidiendo, con un poco de apasionamiento y preocupación.

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