La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa

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La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa

 

“Eso había sido para él Belo Monte, como el descanso en la tierra”. Belo Monte, nombre que adoptó Canudos, la hacienda ocupada, cuando creció en número, en permanencia, en influencia, en peligro para todo lo establecido. Por “ese espíritu solidario, fraterno en el vínculo irrompible que consiguió forjar esa gente”: pobres, enfermos, desheredados, “la diversidad humana coexistía en Canudos sin violencia”, estableciendo “una comunidad de bienes”. Que se alzaron siguiendo al Consejero, quien lograba volverlos valientes aún si fueran cobardes, y que comenzó solamente predicando sobre el fin del mundo.

Por eso resistieron meses las embestidas del Ejército, la unión de los hasta ayer rivales, republicanos y monárquicos, unidos tras comprobar su orden amenazado, no por las palabras, por el ejemplo, por la posibilidad encarnada, porque “la destrucción de propiedades es un crimen que nos afecta a aliados y adversarios”.

Perplejidad. El republicano Epaminondas pregunta, “-¿Qué está ocurriendo en Canudos, Baron? –No lo sé, ni lo entiendo”.

Perplejidad. “¿Imagina el Consejero el trastorno histórico que está provocando? ¿Se trata de un intuitivo o de un astuto? Ninguna hipótesis es descartable, y, menos que otras, la de un movimiento popular espontáneo, impremeditado. La racionalidad está grabada en la cabeza de todo hombre, aún la del más inculto, y, dadas ciertas circunstancias, puede guiarlo, por entre las nubes dogmáticas que velen sus ojos o los prejuicios que empañen su vocabulario, a actuar en la dirección de la historia”.

Perplejidad. “¿Cuál es la explicación de Canudos? ¿Taras sanguíneas de los caboclos? ¿Incultura? ¿Vocación de barbarie de gentes acostumbradas a la violencia y que se resisten por atavismo a la civilización? ¿Tiene algo que ver con Dios, con la religión? Nada lo deja satisfecho”, al General Oscar que se dispone al ataque final.

Perplejidad. O, como piensa el Coronel César, “Canudos es obra de los enemigos de la República, los restauradores monárquicos, los antiguos esclavócratas y privilegiados que han azuzado y confundido a esos pobres hombres sin cultura inculcándoles el odio al progreso”.

Su política, esa unión hasta ayer impensable entre republicanos y monárquicos, “es un quehacer de rufianes”. Pero Canudos todo lo había cambiado. “Se acabó un estilo, una manera de hacer política … hemos entrado en la hora de la acción, de la audacia, de la violencia”, concluyeron. Mandaron 9.000 soldados. Los aplastaron.

Pero “hemos entrado en otra hora”. La viejecita responde sobre el Consejero, tras ser descuartizado: “lo subieron al cielo unos arcángeles. Yo lo vi”.

 

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