Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal

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Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal

 

“Adán Buenosayres, ¿por qué lloras?”. Quedan como testigos, como indicios, como respuestas, los dos manuscritos que deja el poeta lírico al morir, el “Cuaderno de Tapas Azules” y “Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia”.

En la “muy graciosa ciudad de Buenos Aires”, “templada y riente”, despertaba con dificultad cada mañana tras leer por la noche el Apocalipsis para comprobar que “aquella escena era la misma de ayer y exactamente la de mañana, y sintió el frío de una realidad sin vuelo”.

En el atormentado poeta lírico, contrastaba la historia de su abuelo Sebastián, que se había enfrentado al mismísimo Juan Manuel de Rosas, con la propia, que al contrario “había dado siempre en la locura poética de adjudicarse, desarrollar y sufrir ad intra sus destinos posibles, mediante cien Adanes fantasmagóricos que su imaginación hacía vivir, padecer, triunfar y morir”.

Y como su amor por Solveig Amundsen, solo imaginario confinado en el “Cuaderno de Tapas Azules”, concluia que “Buenos Aires está muriendo de vulgaridad porque carece de una tradición romántica. ¡Necesita enriquecerse de leyendas!”.

Y se dio a crearlas, con su “Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia”. Su Divina Comedia acriollada, con él como el Dante y su amigo el astrólogo Schultze como Virgilio. Recorriendo la “contra-figura de Buenos Aires”, Cacodelphia, el Infierno criollo. Al que ingresan dibujando un “círculo mágico” debajo de un ombú inscribiendo los nombres de Santos Vega, Juan sin Ropa, Martín Fierro. En sus nueve círculos encontrará entre otros: los inmigrantes que abandonaron su dignidad al llegar a un mimetismo de compadrito grosero; los vecinos molestos del barrio; los que pretenden hacer sanidad pública; los universitarios de ignorancia docta, los trepadores, los mediopelos; los lujuriosos; los viejos verdes; las musas falsas; los adolescentes; los avivados, los avaros; los plutócratas corruptos; los cristianos hipócritas; los intermediarios y los acaparadores; los fanáticos, los anarkos y los burgueses; los haraganes; los funcionarios (¡Borges!); los escurridizos y sinuosos; los artistas que se venden; los literatos soberbios; los periodistas; los calumniadores, los aduladores; los déspotas y los traidores; los asesinos; los presidentes y parlamentarios.

¿Lo logra? ¿Logra la criollización de la leyenda su propósito? Sabe que el caos polifónico del “crisol de razas” necesita encontrar un orden propio. “Te será preciso buscar la cifra que sabe construir el orden: contra lo que afirman tus partidarios, no es la tierra innúmera quien te dará ese guarismo creador: bien sabes que la tierra, lejos de darlo, recibe su número del hombre, porque el hombre es la verdadera forma de la tierra. Y es en tu sangre donde buscarás aquella medida, la que trajeron los tuyos del otro lado del mar: necesitas readquirir ese número; y para ello es menester que lo veas encarnado en la obra de tu estirpe”.

Le espetan, “Dante de Cartón, Virgilio de Opereta”. Entonces, ¿por qué lloras Adan Buenosayres? ¿Por qué lloras Buenosayres? Buenos Aires, ¿por qué lloras? Acriollar, resulta en una opereta; mimetizarse, una grosería; abandonar lo que trajeron los tuyos, tu tradición y pasado, una indignidad. ¿Condenada al desgarro? ¿Sigues llorando Buenos Aires?

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