Diálogos: La orgía perpetua, de Mario Vargas Llosa

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Diálogos: La orgía perpetua, de Mario Vargas Llosa

 

(No es novela ni cuento, a quienes aquí acogemos. Pero escrita por un novelista, no es solo crítica o análisis. Es un diálogo entre escritores. Y creación de un espacio literario. Por eso también lo acogemos).

 

¿Se tratan “las virtudes literarias flaubertianas” de lo usualmente reivindicado: “la palabra justa, la impersonalidad, la objetividad, la composición rigurosa, el control racional de la intuición”?

“Rebeldía-cursilería-violencia-sexo”, “dinero-amor”. Ingredientes del melodrama, que sirve de anatema usualmente. No aquí. “Mi afición al melodrama no tiene nada que ver con ese juego intelectual desdeñoso y superior, que consiste en reivindicar estéticamente, mediante una noble e inteligente interpretación, lo innoble y lo estúpido… Hablo de una cierta distorsión o exacerbación del sentimiento, de la perversión del gusto entronizado en cada época, de esa herejía, contrapunto, deterioro (popular, burgués y aristocráctico) que en cada sociedad sufren los modelos establecidos por las élites como patrones estéticos, lingüísticos, morales, sociales, eróticos; hablo de la mecanización y encanallamiento que, en la vida cotidiana, padecen las emociones, las ideas, las relaciones humanas; hablo de la inserción, por obra de la ingenuidad, la ignorancia, la pereza y la rutina, de lo cómico en lo serio, de lo grotesco en lo trágico, de lo absurdo en lo lógico, de lo impuro en lo puro, de lo feo en lo bello… el melodrama está más cerca de lo real que el drama, la tragicomedia que la comedia y la tragedia”.

Construcción de “un tipo humano”, Emma Bovary, que “resume en su personalidad atormentada y su mediocre peripecia, cierta postura vital permanente… universal y durable”.

Sobre todo, “postulaciones de lo humano, de las que han resultado todas las hazañas y todos los cataclismos del hombre: la capacidad de fabricar ilusiones y la loca voluntad de realizarlas”.

Todo alcanzado “no por su fidelidad al mundo exterior”, sino por “la autonomía de la ficción… la necesidad de que una novela sea persuasiva por sus propios medios, es decir, por la palabra y la técnica”.

Pero no todo es el estilo, “la elección de las palabras”, etc. Sino, depende, es más, lo hace “exclusivamente”, de “los problemas relativos a los datos, el orden de las anécdotas que componen la historia, la organización de la materia en un sistema temporal… Flaubert fue perfectamente lúcido sobre la función de la anécdota en la narrativa”.

No, no se trata de aquello entonces. Pero hay más. “el método flaubertiano: el saqueo conciente de la realidad real para la edificación de la realidad ficticia”. Saqueo, no copia. “Una novela no resulta de un tema sustraído a la vida, sino, siempre, de un conglomerado de experiencias importantes, secundarias e ínfimas, que, ocurridas en distintas épocas y circunstancias, empozadas al fondo del subconciente o frescas en la memoria, algunas personalmente vividas, otras simplemente oídas, otras más bien leías, van de manera paulatina confluyendo hacia la imaginación del escritor, la que, como una poderosa mezcladora, las deshará y rehará en una sustancia nueva a la que las palabras y el orden dan otra existencia. De las ruinas y disolución de la realdad real surgirá entonces algo muy distinto, una respuesta y no una copia: la realidad ficticia”. Que no es histórica, sino mágica: dual, ser uno y su contrario; sus distintos tiempos; sus distintos narradores. Y así, “el novelista añade algo a la realidad que ha convertido en material de trabajo, y ese elemento añadido es la originalidad de su obra, lo que da autonomía a la realidad ficticia, lo que la distingue de la real”. Cumpliendo “su designio”, “la totalización, querer construir una realidad tan vasta como la real”. Valiéndose de “su gran hallazgo: el estilo indirecto libre”, que “es un estilo para narrar siempre la intimidad desde adentro… al relativizar el punto de vista, consigue una vía de ingreso hacia la interioridad del personaje, una aproximación a su conciencia”.

Con Madame Bovary, se “convierte en tema central de la novela: el reino de la mediocridad, el universo gris del hombre sin cualidades”.

¿Y cómo lo mediocre llega a la maravilla literaria? “Por obra de la estructura y la escritura que los crea”, “todo depende esencialmente de la forma, ésta decide la fealdad y la belleza de los temas, su verdad y su mentira, y proclama que el novelista debe ser, ante todo, un artista, un trabajador incansable e incorruptible del estilo”.

Hay algo más. El autor. Lo que nos mueve, motiva, impulsa – o no. Flaubert “llega a sustituir provisionalmente a la mujer por la literatura como foco de deseo y fuente de placer. Escribir –entrega, tan vehemente y total como la del coito- era para Flaubert una ‘orgía’”. Encontrar, reconocer, incluso en sus mutaciones en el tiempo, el foco de deseo, la fuente de placer, las obsesiones, los motores, de cada uno, en cada uno, es un desafío vital.

 

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