Diálogos: El último lector, de Ricardo Piglia

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Diálogos: El último lector, de Ricardo Piglia

 

(No es novela ni cuento, a quienes aquí acogemos. Pero escrita por un novelista, no es solo crítica o análisis. Es un diálogo entre escritores. Y creación de un espacio literario. Por eso también lo acogemos).

 

Hay una “compleja presencia del lector en la literatura”. Está la lectura. El lector. La representación del lector en la literatura.

 

La lectura, disuelve las fronteras entre lo real y lo imaginario. “Lo real no es el objeto de la representación sino el espacio donde un mundo fantástico tiene lugar… para Onetti o para Felisberto Hernández, la tensión entre objeto real y objeto imaginario, no existe, todo es real”. Con la lectura, “lo que podemos imaginar siempre existe, en otra escala, en otro tiempo, nítido y lejano, igual que en un sueño”. La lectura tiene un doble movimiento, “es a la vez la construcción de un universo y un refugio frente a la hostilidad del mundo”.

 

¿El lector? Hay diversos tipos de lectores.

 

El que, como Borges, “ha pasado la vida leyendo, el que ha quemado sus ojos a la luz de una lámpara”; también, “el más persuasivo”; sobre todo, “la ficción no depende sólo de quien la construye sino también de quien la lee… todo puede ser leído como ficción. Lo borgeano (si eso existe) es la capacidad de leer todo como ficción y de creer en su poder… Hay cierta inversión del bovarismo, implícita siempre en sus textos; no se lee la ficción como más real que lo real, se lee lo real perturbado y contaminado por la ficción”. El que, como Kafka, cambia de vida a partir de lo que lee, es constituido por lo que lee, solo entiende lo vivido cuando lo lee -de ahí la importancia de sus Diarios y Cartas, vivir(se) desde fuera (de sí)-, y así con esos desplazamientos establece nuevas conexiones. El que, como en Poe, es un límite, para quien “la melancolía es una marca vinculada en cierto sentido a la lectura, a la enfermedad de la lectura, al exceso de los mundos irreales, a la mirada caracterizada por la contemplación y el exceso de sentido. Pero no se trata de la locura, del límite que produce la lectura desde el ejemplo clásico del Quijote, sino de la lucidez extrema”, con su “capacidad para descifrar”. El otro tipo del quijotismo, como el del Che Guevara, no “el idealista que enfrenta lo real, sino… un modo de ligar la lectura a la vida”; y una variante, como Kerouac y la beat generation, “unir el arte y la vida, escribir lo que se vive”, la experiencia vivida. El que como Tolstoi en Anna Karenina, “descifra su propia vida a través de las ficciones… la ilusión de realidad de la ficción como marca de lo que falta en la vida”, a lo Flaubert con Madame Bovary. El que, como Cortázar, no lee “en un libro una vida posible que se pretende alcanzar, sino de leer en un libro la propia historia, la letra del destino… como si le estuviera personalmente dirigido”. El Quijote, “el gran modelo del lector de ficciones: ya no el que lee para descifrar como Dupin, ya no el que desconfía del sentido de los signos, sino el que confía y el que lee para creer”. El que como Defoe con Robinson, “lee para encontrar lo que se ha perdido, para descifrar la verdad oculta en su existencia… lee para vivir… la experiencia se organiza y se escande a partir del acto de leer… La regla que se impone es clara: antes de actuar hay que leer”.

 

La representación del lector en la literatura. “En la literatura el que lee está lejos de ser una figura normalizada y pacífica… aparece más bien como un lector extremo, siempre apasionado y compulsivo”. Pero por sobre todo, la literatura, “le da, al lector, un nombre y una historia, lo sustrae de la práctica múltiple y anónima, lo hace visible en un contexto preciso, lo integra en una narración particular”. Y encuentra que “el que lee ha quedado marcado, siente que su vida no tiene sentido cuando la compara con la de los héroes novelescos y quiere alcanzar la intensidad que encuentra en la ficción. La lectura de la novela es un espejo de lo que la vida debe ser; es el síntoma Madame Bovary”.

 

Pero hay un impulso general. “Sartre lo ha dicho bien: ‘¿por qué se leen novelas? Hay algo que falta en la vida de la persona que lee, y esto es lo que busca en el libro. El sentido es evidentemente el sentido de su vida, de esa vida que para todo el mundo está mal hecha, mal vivida, explotada, alienada, engañada, mistificada, pero acerca de la cual, al mismo tiempo, quienes la viven saben que podría ser otra cosa’.”

 

Hay entonces también, una compleja presencia de la literatura en la vida: “los actores son lectores que actúan lo leído”.  Pero, ¿podemos elegir qué tipo de lector que nombran los libros sacándonos de la multiplicidad y el anonimato somos? ¿O es nuestra biografía la que da forma al tipo de lector que el autor apenas singulariza, intercambiando todos los tipos en nuestras vidas –con algo de Quijote, Dupin, Anna Karenina…, permitiéndonos el infinito?

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