Oblomov, de Iván Goncharov

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Oblomov, de Iván Goncharov

 

A Ilia Illitch Oblomov lo aquejaban “dos desgracias”: debía mudarse inmediatamente de su piso en San Petesburgo, y su Administrador le informaba de la progresiva decadencia de sus propiedades disminuyendo su renta año a año.

Lo abrumaban, ¿qué debía hacer? La incomodidad de la mudanza, la lenta progresión de su plan de reforma para sus propiedades que no lograba nunca concluir. Todo lo postergaba.

Es que “el estar acostado no era para Ilia Illitch una necesidad como lo es para un enfermo o para un hombre que tiene sueño, ni algo incidental, como lo es para un hombre que está cansado, ni una delicia, como para un perezoso; era su posición normal”.

¿Cómo había llegado a esto, a sus treinta años? Su querido amigo Stolz, un alemán, en realidad hijo de padre alemán y madre rusa, que era, al contrario, “la personificación del vigor anímico, del arte de guiarse a sí mismo y a los demás”, industrioso, activo, lo sabía. Una sola palabra podía explicarlo: “¡oblomovismo!”.

Tuvo una reacción, que el amor por Olga Sergueievna despertó. No perduró. “Tampoco en el amor hay quietud”.

Todo se derrumbaba, su hacienda, su hogar, su amor. ¿Cómo resolverlo todo? “Sí, soy un señor, y no se hacer nada”; un señor de sus propiedades, con todo resuelto de antemano. No conocían el trabajo rudo, no sabían de preocupaciones, no tenían inquietudes anímicas, todo era ociosidad. “La norma de la vida estaba ya trazada”, desde sus abuelos, bisabuelos antes aún, solo había que “conservarla íntegra e intacta”. Entonces, “¿en qué tenían que pensar, por qué emocionarse, de qué enterarse y qué fines alcanzar?”. Todo permanecía inmóvil: “En general, eran sordos para todo principio de economía social sobre la rápida circulación del capital, la producción forzada y el intercambio de productos. Ellos, en su sencillez, solo comprendían y ponían en práctica un único empleo del capital: guardarlo en el cofre”.

Se preguntaba, “¿Por qué seré así?”. Allí tenía una respuesta que no podía asir. Y la vida, carecía de propósitos.

Un dilema lo atenazaba. “¿Qué iba a hacer ahora? ¿Ir adelante o quedarse? Esta pregunta era para él más fundamental que la de Hamlet … ¡Ahora o nunca! ¡Ser o no ser!”.

Se debatía sin cesar, agitado internamente. Stolz le animaba y reprendía: “el hombre está hecho para formarse a sí mismo hasta su modo de ser. ¡Y tú te has provisto de una barriga y crees que es la Naturaleza la que te ha impuesto la carga! Has tenido alas, pero te las has quitado”.

Padecía de “una enfermedad”, portadora de una condición social, el oblomovismo. Y no pudo más que concluir que “el destino de los demás es representar la agitación, mover fuerzas creadoras y destructoras; ¡cada uno tiene su misión!”.

Propósitos y un dilema, para enfrentar esa enfermedad de oblomovismo que rebrota con nuevos nombres y figuras, y no cortarse las alas.

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