La guerra y la paz, de León Tolstoi

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La guerra y la paz, de León Tolstoi

 

En los salones se discute sobre la entrada de Rusia en la guerra contra Bonaparte. Pierre, el hijo natural del conde Bezujov, que lo heredó contra las intenciones del príncipe Vasili y las hijas legítimas del conde, es favorable a Napoleón, igual que su amigo el príncipe Andrei Bolkonski, ansioso tanto por entrar a la guerra como por alejarse de su mujer.

Ante la traición de Austria, que permitió la llegada a Viena del ejército francés, el ejército ruso al mando de su Comandante en Jefe Kutuzov, hace su ingreso en Viena y derrota a los franceses, logrando, de forma inesperada, vencer “ese minuto de vacilación moral que decide la suerte de una batalla”. Está allí Bolkonski, que ha dejado la indolencia y el cansancio de su personalidad en los salones, ocupado ahora “en una obra grata e interesante, seria e importante: la guerra”.

Mientras Pierre Bezujov se casa con Elena, la hija del príncipe Vasili, reta a duelo al conde Rostov por creer que corteja a Elena, el curso de la guerra se tuerce: Napoleón vence en Austerlitz. Allí, Andrei, que admite que busca la gloria y el amor de los hombres, arremete contra el enemigo aún estando derrotados; cae herido, es recogido por los franceses, y queda a los pies de su antes admirado Napoleón. Pero ahora, “todo era inútil y mezquino comparado con el severo y majestuoso orden de ideas que habían llegado a él con el agotamiento de sus fuerzas debido al dolor, a la pérdida de sangre y a la espera de una muerte próxima. Mirando a los ojos a Napoleón, el príncipe Andrei pensaba en la nulidad de las grandezas y de la vida, de una vida cuyo sentido nadie podía comprender; en la nulidad aún mayor de la muerte, cuyo significado ningún viviente podía penetrar ni explicar … Nada, nada es cierto, fuera de la pequeñez de cuanto me es comprensible y la majestad de aquellos que es incomprensible, pero que es lo más importante de todo”.

El emperador Alejandro y Napoleón sellan la paz, y se inicia una nueva etapa, en la que Pierre, que se hizo masón, intenta la reforma en sus propiedades y su amigo Andrei está desencantado de la vida, hasta que se reconcilia cuando se enamora de Natasha Rostov. Con la paz, los salones, las fiestas, las óperas, todo se trastorna, Pierre se pregunta por el sentido de las cosas, Natasha intenta fugarse con otro.

Fue un momento: Napoleón invade Rusia, “estaba convencido de que cuanto hacía estaba bien, no porque sus actos correspondieran a una concepción del bien y del mal, sino porque él era su autor”. Llega a las puertas de Moscú. Andrei, creyendo otra vez que estaba a las puertas de la muerte, vuelve a pensar en “esas imágenes burdamente pintadas que yo creí algo bello y misterioso: la gloria, el bien público, el amor de las mujeres, la patria misma. ¡Cuán grandes me parecieron! ¡Qué llenas de sentido! Y ahora, qué sencillo, pálido y vulgar es”. No murió, fue herido, y comprendió que amaba la vida, y que en la vida lo más importante era el amor. Pero morirá, y nuevamente piensa que “todos esos sentimientos a los que tanto se aferran, todos nuestros pensamientos que nos parecen tan importantes, no son necesarios”.

Poco después, Rusia vencería, no “los héroes”, sino “las masas”, con “el garrote de la guerra popular”, sabiendo que “la moral del Ejército es el factor que, multiplicado por la masa, da el producto de la fuerza”, que “el espíritu y moral” del Ejército es el “nervio principal de la guerra”, no las órdenes de los jefes.

Pierre, que lo sobrevivió, y tras su detención por los franceses en Moscú, “ahora recordaba con frecuencia sus conversaciones con el príncipe Andrei y coincidía con el parecer de su amigo, aunque comprendía de manera algo distinta el pensamiento de Bolkonski. Este pensaba y sostenía que no existe más que una felicidad negativa … que todas las aspiraciones a la felicidad positiva propias en el hombre no nacen para verse satisfechas, sino para tormento nuestro. Pero sin ninguna torcida intención, Pierre reconocía la justeza de aquella idea; la felicidad suprema e indiscutible del hombre era para él ahora la ausencia de sufrimiento, la satisfacción de todas las necesidades y, a consecuencia de ello, la libertad de escoger la propia ocupación, es decir, de modo de vida. Sólo allí, por primera vez, comprendió del todo el placer de comer cuando se tiene hambre, de beber cuando se está sediento, de dormir cuando se tiene sueño, de calentarse cuando hace frío y de conversar con alguien cuando se desea hablar y escuchar una voz humana”.

Los triunfos y las derrotas, la cercanía de la muerte, producían violentos vaivenes en el alma de Andrei, ¿cómo podría ser de otra manera?, cada individuo por sí mismo, aparecía como un “instrumento de la historia”, mientras que las grandes masas aparecían como los protagonistas anónimos que se sobreponían a toda adversidad, pero es la conciencia de cada uno ante la proximidad de la muerte la que nos permite concluir entre el humo de la batalla y los grandes acontecimientos históricos, a la vez la vanalidad y la importancia esencial, Andrei y Pierre, de las cosas de cada día.

 

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