Las aventuras de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara

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Las aventuras de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara

 

A la China se la ganó el cantor, “el bestia de Fierro”, en una pulpería, y le hizo dos hijos con sus catorce años. Cuando a Fierro se lo llevó la leva, no pensó en irse tras él. “Me sentí libre, sentí cómo cedía lo que me ataba … No sabía que podía andar suelta, no lo supe hasta que lo estuve”.

Dejó a sus dos hijos a buen cuidado, y se le subió con su perro Estreya a la carreta a Elizabeth, la escocesa, que en el largo camino Tierra Adentro le enseñaría de su país Inglaterra, del mundo, se enseñarían sus idiomas, cuentos por las noches. La nombró, la bautizó Josephine Star Iron. Sumarían al gaucho Rosario en el camino, que había huido primero de la violencia de su padrastro, después de la del hijo de su patrón.

Llegan al fortín, a la estancia del estanciero y coronel Miguel Hernández, autor del Martín Fierro, admitiendo que le había robado a su gaucho Fierro algunos de sus versos, y su nombre para titular su libro. No lo complicaba admitirlo: “estoy haciendo patria yo, en la tierra, en la batalla y en el papel”, arrancándole cada pedazo de tierra a los indios para hacer la Nación Argentina, con los gauchos contra los porteños, contra los gauchos para terminar con sus costumbres y traer la civilización. Confundía la Argentina con su estancia, explicaría después Fierro. Afuera de la casa la violencia contra los gauchos, adentro, en la habitación de Elizabeth, la China conoció el amor y el sexo con ella.

No podían seguir allí. Debían continuar Tierra Adentro. El coronel Hernández le había advertido contra los indios que allí habitaban. Encontraron otra cosa.

Encontraron la libertad. El sexo entre todos. Las alucinaciones con hongos. El trabajo solo si hay necesidad. Allí estaban las cautivas inglesas que eligieron vivir allí dejando su civilizada Inglaterra, y no era un cuento, que les contaban “de la vida nueva”; estaban los científicos alemanes; los exiliados argentinos; los gauchos fugados. Allí estaba Fierro, pero “era Fierro y más que de Fierro parecía hecho de plumas”. Y con Elizabeth y su marido Oscar, con Kauka su nueva pareja, con Fierro y sus hijos, la China, Josephine, ahora Tararira, formaron algo nuevo: “las familias nuestras son grandes, se arman no sólo de sangre”.

Libres, livianos como el viento, se desplazaban por una Argentina otra que ni era una batalla, ni era un cuento, ni era un largo poema gauchesco. ¿Era, es, un sueño, viejo y nuevo a la vez?

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