Torquemada en la cruz, de Benito Pérez Galdós

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Torquemada en la cruz, de Benito Pérez Galdós

 

Su amiga Lupe, también usurera como Francisco Torquemada, agonizando le pide que se ocupe de las hermana del Aguila, Cruz y Fidela, que junto a su hermano que quedó ciego, Rafael, han caído en la miseria. Se resiste, le recuerda que todos quienes están a punto de morir, son como oráculos.

Las visita, ve, experimenta su clase, su alcurnia, sus modales, su estilo de hablar y de vestir. Se pregunta, con sus millones, por qué ser un “prestamista sanguijuela” y no un señor. Hace amistad con el consejero de las hermanas, don José Ruiz Donoso, que con su saber, su cultura, sus modales, se gana su confianza, la que refuerza aconsejándole bien en los negocios, introduciéndolo en los Bancos y la Bolsa. Y lo conduce: la importancia del buen vestir, primero. De una buena casa, después. También, la necesidad de casarse. Con una de las hermanas, claro, y él oficiará de mediador.

Para don José Donoso, no se trata de unir solamente dos personas. Quiere otra España. “La posición, amigo mío, es cosa muy esencial … hay que penetrarse bien de las obligaciones que nos trae cada moneda que entra en nuestro bolsillo. Si el pudiente vive cubierto de harapos, ¿me quiere usted decir cómo ha de prosperar la industria? Pues y el comercio, ¿me quiere usted decir cómo ha de prosperar? ¡Adiós riqueza de las naciones, adiós movimiento mercantil, adiós cambios, adiós belleza y comodidad de las grandes capitales, adiós red de caminos de hierro!”.

Torquemada se apoca. “Como yo me crié pobre, y con estrechez he vivido ahorrando hasta la saliva, no puedo acostumbrarme. ¿Cuál es el camino más derecho del mundo? La costumbre, y por él voy”.

La “riqueza de las naciones” versus “la costumbre”.

¿Puede la primera abrirse paso uniéndose a la segunda? Las hermanas del Aguila aceptarán solo por necesidad. “Pero ¡ay Fidela! No puede una escoger el peñasco en que ha de tomar tierra. La tempestad nos arroja en ese. ¿Qué hemos de hacer más que agarrarnos?”.  Su hermano, ciego de vista, pero también de espíritu, rechazará la boda con orgullo y desdén aristocrático: “os vendéis”. Don José Donoso se espanta y le reprocha, “tú no vives en la realidad … el mundo ha marchado y te quedaste atrás … abre tu espíritu a la tolerancia, a las transacciones que nos impone la realidad”.

Se casan, conocen su nueva casa, sucia, desaliñada, Torquemada borracho volviendo al lenguaje soez que había ido cambiando; Fidela se enferma, Cruz se asquea, Rafael venciendo su orgulloso rechazo las visita allí.

Don José Donoso logró la boda, no sus propósitos, ¿la “riqueza de las naciones” podía llegar de la mano de un usurero, la necesidad obligada de la aristocracia empobrecida, la resistencia anacrónica del orgullo aristocrático herido; reuniéndose en forma abigarrada en una casa de rica fachada pero interior miserable?

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