Los hermanos Karamasov, de Dostoyevski

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Los hermanos Karamasov, de Dostoyevski

 

“¡Qué extrañas tragedias les depara a los hombres la realidad!”.

Sí, pero, ¿cuál realidad, cuáles realidades, que todas conviven en “la amplia Rusia”?

¿La del crimen, el hecho jurídico del parricidio, que dio muerte a Fiodor Pavlovich?

¿La de la condena a un hombre, su hijo Dmitrii Fiodorovich? Pero, ¿no es cierto lo que se preguntan: ‘¿quién no desea la muerte de su padre”? Y todos tienen alguna participación, sus hermanos Iván Fiodorovich, Alíoscha Fiodorovich, Smerdiakov. También Gruschenka, y Katia. Todos nosotros también, que miramos al lado ante los crímenes de la humanidad.

¿La del Otelo ruso, Dmitrii Karamasov, aún más celoso que el shakesperiano, rivalizando con su padre por Gruschenka?

¿La del también Hamlet ruso, que aunque ni siquiera pregunte como aquel “qué hay más allá”, tiene “algo más que grita en el fondo del alma … la conciencia”? Y que puede ser más inclemente: “acepto el castigo, no por haber matado a mi padre, sino por haberlo querido matar”: la sola intención basta, y atormenta.

¿O será el ateísmo, que, sin Dios puede creer que “todo está permitido”?

¿O la religión del “Gran Inquisidor” que lleva al propio Jesucristo a la hoguera, en su lucha contra la libertad de la que Lo acusa por haberla dado a los seres humanos?

¿O la crueldad? Contra los otros hombres, las mujeres, los animales, los criados.

Crímenes, castigos, deseos prohibidos, celos, atormentadoras conciencias, indiferencia crueldad, ateísmo y religión inquisidora.

Todo, todo, se puede reunir terriblemente en el karamasovismo, capaz de “amalgamar todas las contradicciones posibles y contemplar al mismo tiempo los dos abismos: el abismo que está sobre nosotros, el abismo de los ideales sublimes, y ese otro abismo que está a nuestros pies, el abismo de la más vil y torpe abyección”. Esa desmesurada “sed de vida” que proclama “quiero vivir y vivo, aunque me exponga a los reproches de la lógica”. Con su “terrenal fuerza… terrenal y violenta, asoladora”. Sabiendo que en su “sangre se engendran tempestades” y que si se despeñan en el abismo “ha de ser derechamente”. “Nosotros, los Karamasov, somos así”.

Y lo más terrible, tal vez, la verdadera tragedia: ¿hay salvación? Una armonía futura. El amor. La virtud, El sufrimiento, “quiero sufrir, y con el sufrimiento, purificarme”. O, con simpleza, guardar un recuerdo bondadoso de la infancia, “quien atesora muchos recuerdos de esa índole es hombre salvado para toda su vida”. O, con Dmitrii, perdonar, perdonarse, y luego huir, solo porque “ansiaba esa resurrección y renovación. El tremendo lodazal en que él mismo, por su voluntad, se había hundido, hacíasele demasiado enojoso y, a semejanza de muchos en trances semejantes, en lo que más fe tenía era un cambio de lugar: verse libre de esta gente, encontrarse en otras circunstancias, salir de este maldito sitio y… ¡todo se regenerará, todo tomará un nuevo rumbo!”. Esa ansia, ¿alcanza?

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