Cárcel de mujeres (Ann Vickers), de Sinclair Lewis

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Cárcel de mujeres (Ann Vickers), de Sinclair Lewis

 

“La cárcel, ese medio de cura tan bárbaro”. A la que fueron arrojadas Ann Vickers, Pat, Eleanor y Maggie, las sufragistas conocidas desde entonces como “el pelotón de la bola y la cadena”.

Ann que en la Universidad (Femenina) de Pont Royal donde estudiaba Leyes con su círculo discutía que “las mujeres deberían gobernar su propio destino”. Ann, que descubriría que la Biblia no era historia, la historia real sucedida, y se separó de la YWMC (Young Men’s Christian Association). Ann, que en Nueva York se sumaría al Comité Central del movimiento sufragista de la ciudad. Ann, que después actuaría como trabajadora social en las settlement houses. Ann, que volvería a poner todo en cuestión y pasaría a trabajar por la reforma del sistema penitenciario, conociendo sus horrores.

Dos fuerzas la impulsaban a moverse, buscar, desplazarse.

Su ímpetu de reformas. Rechazando lo que en “Pont Royal –al igual que en gran número de Universidades del Oeste Medio- era un ejemplo perfecto de esa superioridad americana sobre el tiempo y el espacio, en virtud de la cual puede hallarse en un solo hombre de negocios la religión de 1600, las ideas de 1700, los conceptos económicos de 1800 y la habilidad mecánica del 2500”.

Su conclusión de que las “personas reales” no eran las de los reformadores sociales, o los poetas, o los políticos, o los conservadores, o los profetas o los intelectuales o los predicadores: “una ecuación social” o “ángeles” o “pobres tuberculosos” o “ciudadanos sólidos” o “pecadores” o “imbéciles incurables”. Toda esa “sabiduría” que “es necedad ante los ojos de Dios”.

Y aún así no podía detener su impulso a moverse, buscar(se), desplazarse. Ya sabiendo que “qué sencillas éramos cuando hablábamos de algo llamado ‘feminismo’. Ibamos a ser como los hombres, en todos los aspectos. No podemos. O somos más fuertes que ellos como la reina Isabel, o somos más débiles en nuestra subordinación a los hijos. Pero, a pesar de lo que decíamos en 1916, seguimos siendo mujeres, no hombres en embrión. ¡Gracias a Dios!”. Y amaría al fin, y tendría a su hijo Mathew, y seguiría moviéndose, buscando, desplazándose. Más como reina Isabel que subordinada a nada.

 

(Editorial Planeta. Traducción por María Luisa Martínez)

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