El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde

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El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde

 

Arrogante respondió Mister Hiram B. Otis, el ministro de los Estados Unidos, cuando adquirió el castillo de Canterville y le advirtieron de los fantasmas que lo recorrían: “Amigo mío, los fantasmas no existen ni creo que las leyes de la Naturaleza admitan excepciones en favor de la aristocracia inglesa”.

Arrogante, se equivocaba.

Pero no importaba su error. Cuando el fantasma de Canterville después de recorrer por 300 años su castillo aterrorizando a todos los que por allí pasaron, se enfrentó a los Otis, demostró, a la vez, que la Naturaleza hace excepciones con la aristocracia inglesa, y la naturaleza “materialista” de los americanos con su “sencillez republicana”.

Cuando vieron la mancha de sangre que por siglos estuvo en el suelo de la Biblioteca del castillo, el mayor de los Otis, Washington se arrojó al suelo: “El producto quitamanchas marca Campeón de la casa Pinkerton hará desaparecer eso en un periquete”.

Cuando con ruido de cadenas y un aspecto espantoso el fantasma recorría los pasillos, el ministro de Estados Unidos sale de su habitación amablemente lo encaró: “Mi distinguido señor, permítame que le ruegue encarecidamente que se engrase esas cadenas; le traigo para ello un frasco de lubricante Tammany Sol- Naciente. Dicen que una sola untura es eficacísima”.

Cuando probó con su aterrador grito, la señora Otis con su bata azul celeste lo reconvino: “Me temo que esté usted indispuesto, y aquí le traigo un frasco de la tintura del doctor Dobell. Si se trata de una indigestión, esto le sentará muy bien”.

Y así.

El fantasma estaba indignado. Petrificado. Ofendido.

Decidió entregarse a la paz de la muerte, pidiendo la ayuda de la menor de los Otis, Virginia. Y se vengó a la manera inglesa: con su sangre, la más azul de toda la aristocracia inglesa. Cuando el marido de Virginia, el duque de Cheshire le preguntó por lo que hablaron con el fantasma y ella se negó le pidió si “se lo dirás algún día a nuestros hijos”, y ella, “se ruborizó”.

¿No busca así su venganza inofensiva la ofendida aristocracia contra la ofensiva sencillez republicana?

 

(Aguilar Ediciones. Traducción: Julio Gómez de la Serna)

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