Hollywood, de Gore Vidal

Hollywood Gore Vidal

A partir de

 

Hollywood, de Gore Vidal

 

Las decisiones, el poder. ¿Por dónde pasaban realmente?

Por los salones, versión Estados Unidos de inicios del siglo XX. “Esas cuestiones genealógicas que sostenían la vida social de la ciudad (Washington, y por eso Caroline) había aprendido , en defensa propia, las interminables ramificaciones de quién era pariente de quién”.

Allí, donde se reunían quienes decidían: Caroline y su medio hermano Blaise, los Sanford, dueños del Tribune; William Randolph Hearst, dueño de la mayoría de los diarios, inventor de la prensa amarilla; los senadores Burden Day, Warren Harding que sería poco después Presidente; el secretario de Estado de Marina Franklin Delano, y todos los Roosevelts.

Caroline sabía que tenía poder y le encantaba. Debía fortalecerse y multiplicarse. W.R. Hearst lo previó de antemano, fundando una empresa de cinematografía, “el lugar donde habrá que estar a partir de ahora es Hollywood”. Y contrata a Caroline para una película que aceptará actuando como Emma Traxler, y además como enviada del Gobierno de Woodrow Wilson para investigar las posibilidades de la propaganda política.

Por, precisamente, la propaganda política. Que podía ser, también, mucho más que eso a la vez. La Primera Guerra Mundial lo pondría a prueba, logrando ganar los corazones de un pueblo aislacionista y pacifista, para fines patrióticos, expansionistas y guerreristas. La Revolución Rusa seguiría, alimentando el sentimiento anti-comunista, la siguiente cruzada de Hollywood y el Gobierno.

La atracción del poder era alta. Con el cine, “ahora la realidad podía inventarse totalmente, y la historia ser revisada”. Además, “a Caroline no le importaba en lo más mínimo la disparidad entre la imagen rutilante que el país tenía de sí mismo y la cruda realidad. Estaba enteramente de parte de los gobernantes, por ridículos y desagradables que fueran muchos de ellos”.

Y que estaban llevando a la República al Imperio, más autoritario, más hipócrita. Estados Unidos había “probado el sabor de la sangre en su boca”. No sería, la Primera, la guerra para acabar con todas las guerras.

Caroline, deja el Tribune para dedicarse a su estudio cinematográfico, Traxler Productions. “A fin de cuentas, ése es el único mundo que existe ahora, el que inventamos. -¿Inventamos o reflejamos? –Lo que inventamos nosotros, otros lo reflejan”. Las invenciones de los diarios duran poco, las de las películas arraigan, llegan a los sueños de las personas, trabajan “lo subliminal”, y se hace así algo “inolvidable”. De ahí su fuerza.

Pero fuerza refleja. “¿Sabes lo que hiciste…, lo que hicimos? El Gobierno deseaba que todos y cada uno de los americanos odiasen a todos y cada uno de los alemanes, y nosotros lo conseguimos”. ¿O no?: “esto no es la vida real. Es… diversión”.

Entonces, ¿en los salones de Washington, en la propaganda política con la penetrante fuerza de Hollywood, en el Gobierno; o apenas en su capacidad –o incapacidad- de meterse en los sueños de las personas, ganarse sus corazones?

 

(Editorial Sudamericana. Traducción de Marita Osés)

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