Santuario, de Faulkner

santuario Faulkner

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Santuario, de Faulkner

 

En el condado de Yoknapatawpha, donde “existe una corrupción en el mero hecho de considerar el mal … no se puede cavilar, traficar con la corrupción”, o sucederá lo que a Narcissa, que solo por oír del asunto andaba perspicaz.

La muerte de Tommy en “la casa del Francés” donde se destilaba whisky clandestinamente y solo andaban hombres, hasta que el alcohólico de Gowan Stevens llevó a la jovencita de apenas 17 años Temple Drake y todos los hombres de la casa la rondaban, en esa sórdida noche. Lee Goodwin negro, acusado por la “libre atmósfera democrático- protestante”. Temple llevada a la “casa de mujeres” de Reba por Popeye. Buscada por el abogado Horace Benbow porque allí había algo.

Algo más allá del asesino. Algo más que la sordidez. Algo que vence la creencia de Benbow, “¿no comprendes que un hombre puede hacer algo tan solo porque lo cree justo, necesario para la armonía de las cosas?”.

Algo que le enseña Reba, regenteando su “casa de mujeres”: “el mal se aprende en cualquier parte”.

Tal vez porque allí “-Dios es a veces idiota; pero al menos es un caballero, ¿no sabías eso? –Yo me lo he figurado siempre como un hombre”. Y acaso sea eso, que en el condado de Yoknapatawpha, Dios sea apenas un hombre, y el mal se enseñoree, y se aprenda en cualquier parte.

 

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