Rojo y Negro, de Stendhal

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Rojo y Negro, de Stendhal

 

En Julián, como en todos, o muchos jóvenes, “a los veinte años domina sobre todo la idea del mundo y del papel que en él hay que representar”. Maltratado, despreciado, golpeado por su padre y sus hermanos, hijo de un campesino enriquecido con su aserradero, se refugiaba, además, en las ensoñaciones de la lectura, y era su héroe Napoleón, que se había encumbrado desde la nada. Y como él, buscaría hacerlo Julián.

Pero era 1830: sería como Napoleón, renegando de Napoleón. Si el siglo del gran hombre fue el de las armas (con el rojo de los uniformes), este de Julián era el de la nobleza y sus conspiraciones, aunque llamada a perecer, y el de la Iglesia (con el negro de sus sotanas y trajes), aunque llamada a perder su influencia. Bajo la protección del capellán de Verrieres primero, y de su alcalde el señor de Renal poco más adelante, se encumbraría.

Primero, enamorándose de la señora de Renal. Después, en Paris, donde el escándalo lo llevó teniendo que huir de Verrieres, de Matilde de La Mole. Con ambas comenzó imaginándolo un deber, dominar a esas señoras, noble de provincias la primera, noble de la corte la segunda; deber de los ofendidos por los nobles, ricos y poderosos. Cada ofensa aunque fuera involuntaria, le hacía decir con desprecio: “¡Así son los ricos! ¡Humillan a uno!”.

Era un juego riesgoso, que ninguno se proponía jugar. “Probablemente los momentos de humillación semejante a la que sufría Julián son los que han creado los Robespierre”.

De ambas terminó enamorándose. Por ambas, fue elevado hasta las más altas distinciones. Con cada logro, su “negra alma” le decía: “He ganado una batalla; pero necesito aplastar definitivamente el orgullo” de esa nobleza.

Subiendo esas peligrosas cumbres, su único amigo le ofreció un trabajo honrado y bien pagado. Para Julián fue terrible: “Semejante a Hércules se encontraba, no entre el vicio y la virtud, sino entre la medianía, seguida de un bienestar cierto, y todos los sueños heroicos de su juventud”.

Elegiría encumbrarse. Con su prodigiosa memoria que pasaba por inteligencia, su determinación y su orgullo, fue preceptor de los hijos del señor de Renal. Fue profesor en el seminario de Besancon y favorito de su Rector. Fue secretario del marqués de La Mole, embajador en misiones secretas, emisario en la conspiración aristocrática y eclesiástica para suprimir la Constitución con sus dos cámaras y restaurar plenamente la monarquía. Pero entre todas esas aventuras, se repetía “en este mundo, los pobres nos debemos a nosotros mismos”. Y enamorándose de las mujeres de la casta que odiaba con su “manía de ser un hombre superior, le impedía saborear la dicha que se le vino a las manos”: el enamoramiento de ellas de este ser inferior. “En el siglo XIX , no hay ya pasiones verdaderas, pasiones dignas de ese nombre: ahí tiene usted el secreto del hastío que en Francia reina como señor único. Se cometen las peores crueldades más espantosas sin ser cruel”. Aun así, las pasiones los dominaban, con ambiciosa fuerza a Julián, con remordimientos piadosos a la noble de provincias Luisa de Renal, con caprichosos cambios bruscos a Matilde de La Mole.

Matilde quedó embarazada. Venciendo terribles obstáculos su padre consintió el casamiento y elevarlo socialmente. Una carta desde Verrieres arruinaría todo. Desesperado, galopó hacia su ciudad natal, y descargó dos tiros sobre la señora de Renal. Un juicio con probable final de muerte lo esperaba, al final de la novela de su vida. Matilde intenta salvarlo, con frialdad orgullosa Julián le responde: “Hoy no quedan más que la cuna y la bravura, y estas dos cualidades, que por sí solas harían a un hombre completo en 1722, son, un siglo más tarde, un anacronismo”.

En el juicio después de oír su condena, acusará a su vez: “querrán castigar en mi persona a esa clase de jóvenes que, nacidos en una clase inferior, y viéndose oprimidos por la pobreza, tienen la dicha de procurarse una buena educación, y la audacia de entrometerse en lo que el orgullo de los ricos llaman sociedad”.

Se entrelazaron el rojo de la pasión borrascosa y el negro del alma ambiciosa, el anacronismo del siglo XVIII y la ciega ambición del siglo XIX, la altanería y orgullo de la sociedad distinguida de la nobleza y la descontenta clase inferior reacia a resignarse con su condición. Mezcla imposible, mezcla trágica.

 

(EDAF. Traducción por Gregorio Lafuerza)

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