Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos

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Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos

 

Entre cacicazgos, maleficios, brujerías, dañeras, ojeadoras, sopladores, ensalmadores, violencia, abusos de autoridad, se vive en el Llano. Reina la barbarie. Y en la barbarie, reina doña Bárbara, con su “tenebroso aborrecimiento al varón”, después de haber oído, de niña, que su padre la iba a vender a un turco, de haberle hecho matar a su adorado primer amor, y de haber sido violada por toda la tripulación de la piragua.

Reinaba aplicando la ruda ley del Llano. La misma que hizo matarse a una familia, entre padres, hijos hermanos, primos, desde tiempos ya inmemoriales, para terminar dividida entre los Luzardo y los Barquero, y ella -“devoradora de hombres”, “marimacho”, “mujer de pelo en pecho como tienen que ser todos los que pretenden hacerse respetar en esta tierra”-, aprovechándose para quedarse con porciones cada vez mayores de la hacienda, instituyendo la suya, “El Miedo”, que avanzaba sobre los restos decadentes de “Altamira”, que el último de los Luzardo, Santos, iría para decidir qué hacer.

¿Qué hacer? Llevar allí la civilización. Oponer el progreso a la barbarie, el derecho a la fuerza. Había sido educado en Caracas, graduándose de abogado.

¿Podría?

El impulso inicial, nada bueno auguraba. “La vida en la ciudad y los hábitos intelectuales habían barrido de su espíritu las tendencias a la vida libre y bárbara del hato; pero, al mismo tiempo, habían originado una aspiración que aquella misma ciudad no podía satisfacer plenamente. Caracas no era sino un pueblo grande … algo muy distante todavía de la ciudad ideal”. Se propuso entonces mejorar sus tierras para venderlas, y marchar a Europa.

Chocó con la ley del Llano. Todo era dejadez, robo, despilfarro, métodos primitivos de explotación de aquellas tierras. Se decidió a la lucha “contra el desierto que no deja penetrar la civilización”. Va a unir entonces “la irrefrenable acometividad que causó la ruina de los Luzardo” con el subordinar esta violenta acometividad propia de esta “tierra de machos” a “un ideal”.

No, no podría. Debió responder “al atropello, con el atropello”. Y “la barbarie no perdona a quien intenta dominarla adaptándose a sus procedimientos”. Aunque la sola presencia y los intentos de Santos produjeron un cambio en doña Bárbara, que decidió retirarse y desaparecer; no ser vencida en su enloquecido reinado. No fue, finalmente, civilización o barbarie. Fue civilización y barbarie.

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