La sombra de lo que fuimos, de Luis Sepúlveda

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La sombra de lo que fuimos, de Luis Sepúlveda

 

“Una vez más se fue todo a la mierda”. Cómo no pensarlo así. Si “fueron compañeros, cómplices en el esfuerzo por hacer del país un lugar si no mejor, por lo menos no tan aburrido, hasta que llegó esa mañana lluviosa de septiembre y a partir del mediodía los relojes empezaron a marcar horas desconocidas, horas de desconfianza, horas en que las amistades se desvanecían, desaparecían y de ellas no quedaba más que el aterrorizado llanto de las viudas o las madres”.

Pero aquí están, treinta años después. Uno anarquista, nieto de Pedro Nolasco que con Buenaventura Durruti, Francisco Ascaso y Gregorio Jover en el ’25 hicieron el primer asalto a un banco en Santiago para “la felicidad de los condenados de la tierra”. Dos ex Juventudes Comunistas, después del Ejército de Liberación Nacional del Partido Socialista. Y un “pekinés” del “Partido Comunista Revolucionario Marxista Leninista pensamiento Mao Tse-Tung tendencia Enver Hoxha, muy diferente de la camarilla liquidacionista que se hacía llamar Partido Comunista Revolucionario Marxista Leninista pensamiento Mao Tse-Tung tendencia bandera roja”.

Bueno, después de ver a compañeros asesinados en dictadura, Fredy Taberna, Sergio Leiva, Lumi Videla, caminar por Galicia, “Cacho Salinas recordó a sus muertos siempre sonrientes y se dijo que no había cagada que no se supere con una buena carcajada”. Y además, para Lucho Arancibia, “la única lección que me dejó la derrota es que nosotros mismos formamos una poderosa quinta columna, la del sectarismo”.

Así que si ayer los separaban irremontables diferencias, aquí estaban reunidos otra vez. Tras la resistencia y el exilio. Encontrarse con que en el paraíso de la Rumania socialista tenía que “estudiar las obras del camarada Nicolae hasta el mediodía, por la tarde continuaba con las lecturas de las obras de la camarada Elena, filósofa, economista, astróloga y obstetra, todo al mismo tiempo. Los domingos, para felicidad de todos, había que asistir al teatro a escuchar poemas del camarada Nicolae sobre el camarada Nicolae”. Saber que la vuelta eran “regresos homéricos a ninguna parte”.

No importaba. Aquí estaban. Y Lucho le pedía a Cacho el santo y seña, aunque “luchito, soy yo perrito. No hay santo y seña, eso era antes, ya no hay vida clandesta, eso se acabó”, pero no importaba, “dame una pista. Canción de lucha que cantábamos en las escuelas de cuadros de las Juventudes Comunistas. Primer verso de la primera estrofa”.

No importaba. Aquí estaban, “más gordos, más viejos, pelados y con la barba encanecida, proyectaban todavía la sombra de lo que fueron”.

No importaba. Aquí estaban, tal vez todo se fue a la mierda, pero igual a hacer lo que iba a hacerse.

Así que tal vez no se fue todo a la mierda, y si esa carta de Pedro Nolasco llega a tus manos, y aquí la estaban leyendo, “pues que te aproveche, compañero”. Y sepamos también que la memoria “siempre está de parte nuestra; adorna lo atroz, dulcifica lo amargo, pone luz donde sólo hubo sombras. La memoria siempre tiende a la ficción”; y me aprovecha.

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