Humo, de Iván Turgueniev

Humo Ivan Turguenev

A partir de

 

Humo, de Iván Turgueniev

 

Con repentina violencia todo se trastocó en la vida de Litvinov. Como diez años atrás, Irene irrumpió en su vida. Ayer en Moscú, una “separación muda” la llevaría detrás de su rico tío que más tarde la casaría con el general Ratminov en San Petesburgo, después de haberse amado silenciosamente. Ahora en Baden Baden, nuevamente el amor los fulmina, prometen fugarse, el rompe su compromiso con Tatiana, pero Irene, otra vez, retrocede en el último minuto, confesándole que no tiene las fuerzas necesarias para hacerlo.

Supo que hay triunfos que es mejor no alcanzar, como el “triunfo estéril” de la confesión de amor de Irene que otra vez desharía.

En él, más decidido, el amor de Moscú se había conservado intacto. En ella, era el hastío el resorte que la hizo buscarle. El hastío de “la sociedad” en la que vivía, y que sabía que también Litvinov rechazaba.

Ese rechazo que nacía de comprobar que aunque hablaban y hablaban los rusos en los salones franceses y alemanes sobre “el porvenir de Rusia”, en realidad, “el Gobierno nos libró de la gleba, cosa que le agradecemos, pero las costumbres de la esclavitud están demasiado grabadas en nosotros para que podamos deshacernos de ellas con rapidez. Necesitamos un señor. La mayor parte del tiempo ese señor es un ser existente; en otras ocasiones una tendencia, como por ejemplo, lo es en este instante esa manía de las ciencias naturales. ¿A qué es debido? ¿Qué motivos nos llevan a someternos voluntariamente de tal suerte? O es un misterio, o se trata a la vez de nuestra naturaleza”.

Ahora sabía que era Irene “la señora de moda, harta del mundo, y que a pesar de ello, no puede vivir sin él”.

La misma violencia que le hizo dejar todo por ella, ahora lo hacía sentirse vencido. “¡Humo!, ¡Humo!” se repetía a sí mismo: “las viva discusiones”, “las disputas de personas de varias clases, altas y bajas, progresistas y retrógradas”, “las discusiones de varios hombres de Estado”, “sus sentimientos, sus proyectos y sus sueños”.

Había “vuelto a ser juguete de un engaño”, como destinado, de Moscú a Baden Baden, de la juventud arrebatada a la madurada experiencia de la vida.

¿Hay modo de escapar de ser juguete de lo que parece un destino? Tal vez, a condición de no “someternos voluntariamente” a ningún señor, tenga el bello rostro de Irene, o un antiguo sentimiento imaginado. Y poder acaso descubrir así que no todo es humo; hay también la vuelta a tu pueblo; retomar el trabajo; llamar a Tatiana; pedir perdón.

 

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