Elizabeth Costello, de J.M. Coetzee

elizabeth costello de coetzee

A partir de

 

Elizabeth Costello, de J.M. Coetzee

 

Anciana, pero sin dejar de moverse entre Estados Unidos, Zuluandia en Africa, por los océanos en un crucero, su natal Australia, Amsterdam, y dictando conferencias y recibiendo premios.

Comprueba, denuncia, se indigna, se resigna, se cuestionaque “todo es maldad, un universo inventado por un dios malvado”, donde “el diablo está por doquier bajo la superficie de las cosas”.

En los campos de concentración nazi.

En los modernos campos de concentración de un holocausto cotidiano que ejercen los seres humanos contra los animales en los mataderos tratándolos como “prisioneros de guerra”, no, peor: no hay absolutamente ninguna piedad.

En el verdadero horror de los campos nazis que “no es que los asesinos trataran a sus víctimas como a piojos a pesar de que compartían con ellas la condición humana. Eso también es abstracto. El horror es que los asesinos se negaran a pensarse a sí mismos en el lugar de sus víctimas”. La pérdida de la compasión.

En el sexo que hace preguntarse “¿dónde estaba el alma poderosa cuando … cogió en brazos el cuerpo?”.

En el amor conflictuado de John, su hijo, con su madre, acompañándola a las conferencias y viajes para cuidarla pero preguntándose “¿por qué no será una anciana normal?”.

En esa distancia entre la admiración a la escritora y sus libros de sus lectores, y la mujer Elizabeth Costello distante, fría y casi dejando en el abandono a sus hijos, y no poder saber “¿cuál es la verdad sobre su madre?”.

Que revelan un “abismo ontológico”, entre unos y otros.

En la pérdida de rumbo:

De los humanistas que proclamaron el modelo Helenista en busca de la salvación secular, pero sucumbieron al “monstruo de la razón, la razón mecánica”, que busca someter todo y a todos al “pensamiento correcto”. Y ningún sustituto –el Renacimiento, la sociedad sin clases, la vuelta a los orígenes de las poblaciones originarias- logró reemplazarlo.

De la salvación cristiana que trajo la caridad al mundo pero vive de la rigidez y blandiendo la imagen del dolor de Cristo crucificado como camino.

De los escritores que proclaman no creer en nada para poder escribir; o proclaman creencias –como el valor de la oralidad y corporeidad ante el reino de la abstracción racional occidental- en las que no creen solo para vivir de ello en conferencias; o ignoran que “los lugares prohibidos están prohibidos” y exploran males de la humanidad que nos traen sin saber que no se puede salir indemne de allí; o se conforman con que “basta con que los libros nos enseñen algo de nosotros mismos”.

¿Y entonces? ¿no hay otro camino para la salvación? ¿no podemos sortear “el abismo ontológico” que nos desgarra?

Hay el escritor que es capaz de estar “investigando una modalidad distinta de estar en el mundo”, que “mediante la invención poética podemos encarnar al otro”. Acaso no es cierto que “mi madre ha sido un hombre. También un perro. Puede meterse dentro de otra gente, dentro de sus existencias. Yo la he leído. Lo sé. Tiene el poder de hacerlo. ¿No es eso lo más importante de la ficción? ¿Qué nos saca de nosotros y nos introduce en otras vidas?”.

Hay la necesidad de romper con los clásicos, la tradición porque “tiene que haber algún límite a la carga de recuerdos que les imponemos a nuestros hijos y nietos. Ellos tendrán un mundo propio, del que cada vez formaremos menos parte”.

Hay, también, las “almas extremas”. Aquellas que saben que “todas las criaturas son cruciales para todas las criaturas”, que “todo tiene significado”. Pero suelen enloquecer, y son rechazadas.

¿Podremos salvar el “abismo ontológico”, recuperar el rumbo perdido, volver a creer que hay salvación?

 

(Mondadori. Traducción de Javier Calvo)

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