Todos los nombres, de José Saramago

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Todos los nombres, de José Saramago

 

Solo era conocido como don José, “por la insignificancia del personaje”, funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil.

Oscuro, temeroso, coleccionista de todas las noticias sobre las celebridades. Hasta que un día, cometió una grave infracción. Decidió completar las historias públicas que coleccionaba, con los datos privados que constaban en las fichas y expedientes de la Contraloría.

La casualidad, una ficha de una mujer desconocida adherida a la de una celebridad, lo llevó al camino inverso: completar la historia actuarial de la mujer, con el conocimiento de su vida.

En insólita ruptura de todas las normas del funcionariado, “como si estuviera cometiendo un pecado”, falsificó una credencial y arguyendo una misión de la repartición, se lanzó a su búsqueda: conoció a la actual arrendataria de la última dirección que figuraba en su ficha; a su madrina con la que estaba hacía treinta años distanciadas; al director de su colegio, al que además ingresó de noche forzando la entrada y haciéndose de las fichas año a año de su paso por allí de niña; a sus padres.

Es que se percató que “en la Conservaduría General sólo existían palabras, no se podía ver cómo habían cambiado e iban cambiando las caras, cuando lo más importante era eso, lo que el tiempo hace mudar, y no el nombre que nunca varía”. Del mismo modo, “a la Conservaduría sólo le interesa saber cuándo nacemos, cuándo morimos y poco más … le es indiferente si en medio de todo eso somos felices o infelices”.

Es que, funcionario registral, soltero a los 50 años, explicaba “sé poco de la vida de las personas”.

Es que, supo, la vida de sus cien celebridades recopiladas en su colección, pesaban tanto como la de esa mujer que, como tantas otras, “son como una nube que pasó sin dejar señal de su paso”.

Es que inició la anotación en un diario de su búsqueda “como si esto fuese una novela”.

Es que “no hay nadie en el mundo a quien le interese el extraño caso de la mujer desconocida”, creía.

Aún siendo “personajes insignificantes”, podemos ser autores de algo “como si fuese una novela”; protagonistas de un “extraño caso”; empecinados buscadores  de “la vida de las personas”. Personajes insignificantes, pero, eso sí, que necesitan cometer un pecado, para poder aventurarse.

 

(Alfaguara. Traducción de Pilar del Río)

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