Respiración artificial, de Ricardo Piglia

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Respiración artificial, de Ricardo Piglia

 

“Nunca nadie jamás hizo buena literatura con historias familiares”, le advirtió el profesor y hombre del radical Amadeo Sabattini, Marcelo Maggi, a su sobrino Emilio cuando éste escribió la novela de su “tragedia familiar”: la acusación de su tía, Esperancita, contra Marcelo su marido, de no solo haberse fugado con la cabaretera Coca sino haberle robado en la fuga, lo que le costó algunos años de cárcel. Acusación que ella desmintió en una carta que se conoció tras su muerte. Y que Marcelo negó: “intenta despojarme del único acto digno de mi vida”. Porque “la oligarquía” tiene esa costumbre y “no se debe permitir que nos cambien el pasado”.

Pasado que estudia en la figura del tatarabuelo de Esperancita, Enrique Ossorio, secretario de Rosas pero al servicio de Lavalle, un traidor, que terminó fugándose y que no volvió ni siquiera cuando Urquiza venció a Rosas, sino que decidió vivir en el exilio, del oro que encontró en California, y escribir sus memorias.

Obsesionado, busca allí, en su figura y en sus memorias, “la clave”, “el secreto”, que le permita “prever lo que pasó”. En la Argentina. Porque, “¿no expresa Ossorio una tendencia latente en la historia de la constitución de un grupo intelectual autónomo en la Argentina durante la época de Rosas?”, esa generación del ’37, la de “la fundación de los principios y razones de eso que llamamos cultura nacional”.

¿Está allí la clave de lo que pasó después, estos “malos tiempos” de “esta desventurada república”, que te obligan a “aprender a vivir sin ilusiones”?

Ossorio, un traidor; pero “ése era su destino, su modo de luchar por el país”.

Sarmiento, fundador de la literatura nacional con el Facundo; pero que lo comienza con una cita en francés.

Borges, máxima figura de la literatura argentina del siglo XX; pero que es en realidad un escritor del siglo XIX.

Los máximos referentes de la cultura nacional Groussac y Ortega y Gasset; pero que no es más que otra “superstición europeísta”, tratándose de dos mediocridades, y extranjeras.

Tardewski, el filósofo polaco amigo de Marcelo Maggi, brillante de joven estudiando en Cambridge con Wittgenstein; pero que eligió el fracaso, terminando perdido en Concordia, Entre Ríos, enseñando filosofía a estudiantes del secundario.

¿Allí, en las paradojas, estará la clave? El patriota que lo es como traidor; el fundador de la literatura nacional escribiendo en francés; el mayor autor del siglo XX que en realidad es del siglo XIX; los referentes de la cultura nacional, dos mediocridades extranjeras.

Tardewski descubre otras claves. El poder de la palabra (y el temible poder de las certezas inconmovibles): Kafka conoció a Hitler en 1909-1910 en el café Arcos, y escribió los delirios de las certezas del futuro Fuhrer, porque “el genio de Kafka reside en haber comprendido que si esas palabras podían ser dichas entonces podían ser realizadas”. También, el valor de los principios, con el profesor Marcelo Maggi, “radical a destiempo”, que como sabattinista huyó y como historiador investigó para entender su país y su tiempo, un “hombre moral”.

¿Está allí “la clave”, otros hombres morales, otro “grupo intelectual autónomo”, otras palabras fundando otro orden de cosas, otra “cultura nacional”? Lo descubre, una paradoja más, otro intelectual extranjero.

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