Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy

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A partir de

 

Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy

 

“La violencia ciega”.

La del niño, y a medida que va creciendo. “El padre jamás pronuncia su nombre, el niño no sabe cuál es … ya alimenta una inclinación a la violencia ciega”.

La de quienes lo rodean:

El juez Holden. “Un tipo descomunal … calvo como un huevo no tenía rastro de barba ni tampoco cejas ni sus ojos pestañas”. Que pretendía ser soberano del mundo, pensando que hasta “la libertad de los pájaros es un insulto”.

El capitán White y su compañía, reclutada para “darles una lección a los mexicanos”, esa “raza de degenerados”, a la que se unió. Despreciando al menonita que le advertía que “la ira de Dios está dormida … solo el hombre tiene el poder de despertarla … Vais a hacer la guerra de un loco a un país extranjero. Desertaréis a algo más que a los perros”.

Derrotada esa compañía, se unió a la partida del jefe Glanton a la que pertenecía el juez, la “ensangrentada flota”, dispuesta a cazar indios, ahora al servicio de los mexicanos-

La de lo que los rodea, “aquella desolación”: todo a su alrededor; ese “desierto sangriento”; ese “camino del infierno” que atravesaron llevando muerte y calamidades a la caza de los indios, enfrentados a los mexicanos, pelando a su vuelta con otros americanos. Cortando cueros cabelludos y cabezas; masacrando bebés que aplastaban contra el suelo; matando perros; incendiando pueblos enteros; traicionándose entre ellos.

Porque, como decía el juez, “la verdad sobre el mundo es que todo es posible … es un juego de manos barato, un sueño febril, un éxtasis poblado de quimeras, una feria ambulante, un circo migratorio cuyo destino final … es más calamitoso y abominable de lo que podamos imaginar”.

Es que, como dijo el anacoreta que encontró, “se puede encontrar maldad hasta en el más pequeño de los animales, pero cuando Dios creó al hombre, el diablo estaba a su lado”.

Y es por eso que “la guerra es Dios”: “Da igual lo que los hombres opinen de la guerra. La guerra sigue. Es como preguntar qué opinan de la piedra. La guerra siempre ha estado ahí. Antes de que el hombre existiera, la guerra ya le esperaba. El oficio supremo a la espera de su supremo artífice. Así era entonces y así será siempre. Así y de ninguna otra forma”.

Por eso el juez increpará al niño, años más tarde: “fuiste el único que te amotinaste … que guardaste en tu alma un poco de piedad por los paganos”. Pero no se preocupa: “el destino de cada uno de nosotros es tan grande que contiene en sí mismo todos sus opuestos”. Ya sabía que, al separarse, volverán a encontrarse.

Si la guerra es Dios, y fuimos creados (y somos habitados) a la vez por Dios y por el diablo, el destino no puede ser más que inevitablemente sangriento.

 

(Editorial Debate. De la traducción, Luis Murillo Fort)

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