La conjura contra América, de Philip Roth

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La conjura contra América, de Philip Roth

 

“Las malignas vejaciones de la América de Lindbergh”, nazi, anti-semita. Llegaron, primero, desde su movimiento “América Primero”, después como candidato republicano, y finalmente una vez electo presidente pactando con Hitler,

Las malignas vejaciones hacían imposible la vida normal, la seguridad de la sencilla familia judía de los Roth en Newark, llenando de temores e inseguridades –para siempre- al menor, Philip, de apenas nueve años.

Porque ya no eran “tiempos normales, cuando en general estaba dentro del alcance de mis padres enderezar las cosas y encontrar una explicación convincente a una parte suficiente de lo desconocido”.

Malignas vejaciones que irrumpieron, descalabrándolo todo, de una conjura que iba contra las tradiciones más arraigadas de América, pero que, a la vez, las deshizo rápida y masivamente, al principio de modo imperceptible, confuso, ambivalente –con los programas Solo Pueblo para americanizar a los judíos americanos, Colonia 42 para dispersarlos, Proyecto Buen Vecino para desarmar los guetos –todo de conjunto para reducirlos a la impotencia-, para después hacerlo de forma violenta, clara y macizamente –con los pogromos.

“Hay una conjura en marcha, desde luego y mencionaré gustosamente las fuerzas que la impulsan: la histeria, la ignorancia, la maldad, la estupidez, el odio y el miedo”, explicaba el alcalde Nueva York.

Que obligó a todas las respuestas posibles. Huir; exiliarse a Canadá; erigir una cruzada nacional con un líder como Walter Winchell; resistir en la vida cotidiana, como Herman y Bess, los padres de Sandy y Philip Roth; colaborar abiertamente como el rabino Bengelsdorf.

Que les obligó al “descubrimiento de que uno no podía hacer nada bien sin hacer también algo mal”, como cuando Bess mandó a Herman y Sandy a rescatar al pequeño vecino Seldon en medio de la cacería de los nazis americanos, arriesgando no volver a ver más a los suyos.

Tal vez, lo peor de aquella época esté en “la tiranía del problema”, en que, simplemente, “hay una guerra en curso”, sin modo de escapar de ella.

Y hay una alerta silenciosa: cuando ya no podemos “enderezar las cosas” de nuestros días ni “encontrar una explicación convincente” a lo que nos rodea.

 

(DeBolsillo. Traducción de Jordi)

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