El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde

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El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde

 

¿Y si sucediera encontrarnos frente a frente con nuestra propia conciencia, acusándonos?

Sucedió. A Dorian Grey: el retrato que su devoto amigo y admirador Basilio Hallward pintó de él, “había sido como una conciencia de sí mismo”: cada pecado se imprimía en esa pintura perfecta hecha con adoración, y no en su rostro que conservaba la perfecta belleza y juventud. “Del mismo modo que

Sin embargo, no actuó sobre el como podríamos pensarlo: refrenando sus pecados viéndolos, viéndose, allí reflejado.

Al contrario, le dio un manto de impunidad: conservó su belleza y su juventud ante los ojos del mundo, ocultándole sus iniquidades en un retrato oculto tras un sudario en un desván.

Pudo entregarse a sus deseos y pasiones –única ocupación de las clases ociosas-, desbordadas: “la moderación es una cosa fatal”; el sentido común inglés, una “estupidez hereditaria de la raza”. A la belleza. Hizo de su vida una obra de arte: a sus amigos “los llena usted de una locura de placer”. Buscaba “un nuevo hedonismo”.

Para descubrir que “el alma es una terrible realidad. Puede ser comprada, vendida, cambiada. Puede uno envenenarla o hacerla perfecta. Hay un alma en cada uno de nosotros”.

Para descubrir también que “la vida no se rige por la voluntad o la intención … Se puede usted imaginar a salvo o creerse fuerte. Pero un casual tono de color en una habitación, un cielo matinal, un perfume peculiar que amó usted y que trae sutiles recuerdos consigo, un verso de un poema olvidado que vuelve a su memoria, una cadencia de una pieza musical que dejó usted de tocar, de todo esto, Dorian, de todas estas cosas, parecen depender nuestras vidas”.

Para descubrir finalmente que “mejor hubiese sido para él que cada pecado de su vida trajese consigo su segura y rápida pena. Hay una purificación en el castigo”.

Aún viviendo aquello y descubriendo esto, ¿hubo dos Dorian Grey, el del retrato y el de la vida? ¿O es que, en realidad, “cada uno de nosotros lleva en sí el cielo y el infierno”?

Si, descubrió algo más, antes, en “el desenfrenado lujo y el suntuoso esplendor de su manera de vivir”: que le asombraba “la psicología superficial de aquellos que conciben el Yo en el hombre como una cosa simple, permanente, digna de confianza y con una sola esencia. Para él, el hombre era un ser con miríada de vidas y miríada de sensaciones, una criatura compleja y multiforme”.

 

(Aguilar. Traducción por Julio Gómez de la Serna)

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