La herida, de Jorge Fernández Díaz

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La herida, de Jorge Fernández Díaz

 

“Nunca me enoja la muerte, es un defecto del oficio. Y no comprendo muy bien a esos espías de ficción que se mueven por venganza. El comisario y yo sabíamos todo el tiempo cuál era el juego, y también que en esta partida nos tocaba ganar o perder. Nunca conviene ser tan estúpido como para enojarte con tus enemigos. En el ajedrez de la vida hay que saber tirar el rey y dar la mano. O aplastar al contendiente sin el menor miramiento”.

Así de fríamente pensaba el espía en decadencia Remil cuando encontró el cuerpo del ex comisario que trabajaba con él en la Patagonia en el equipo de la socióloga del poder Beatriz Belda, BB, y bajo las órdenes de la Casita, negocio casi privado de Cálgaris, jefe de Inteligencia

¿Agentes de Inteligencia en un equipo dirigido por una socióloga que interviene en la candidatura del gobernador provincial Farrell cuando se avecinaban las elecciones nacionales amenazando la candidatura del ocupante de la Casa Rosada para el que había trabajado anteriormente?

Re-elecciones. Elecciones. Socios y rivales políticos: “celebran el Día de la lealtad y los otros 364 se traicionan con alegría”. Corrupción, incluyendo bóvedas en las tumbas familiares para ocultar el dinero así obtenido. Narcotráfico. Marketing dominando las campañas y los gobiernos. Operaciones de prensa. Chantajes. Torturas. Asesinatos. Lavado de dinero, con los clubes de fútbol como una de las pantallas más preciadas.

Pero también, todo cabe en este encuentro del mundo de la político y los submundos de la Inteligencia, la corrupción y el narcotráfico, caprichos. A Lady Dy, Diana Galves, la famosa actriz acompañante de BB, le secuestran a su caniche, Juan Domingo, y Remil debe buscarlo hasta encontrarlo. Es que “no hay incidentes menores para ls personajes importantes”.

Es, a la vez, la “decadencia y grotesco de un viejo espía argentino”. ¿Y de su política dominante, tan entremezclados, tan inseparables, tan irreconocibles uno sin la otra? Finalmente, sí, “la sarna” de (este, al menos) poder.

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